Lo más razonable para los más vulnerables: la Montería que decidimos construir
Por : Efraín Hernández
Durante décadas, el progreso se midió en metros cuadrados construidos, una idea cómoda y fácil de vender, pero incompleta, y las ideas fragmentarias aplicadas a la planeación urbana terminan costándole caro a quienes menos tienen. En Montería, gran parte de la expansión no ocurrió sobre tierra vacía, sino sobre humedales, ciénagas, bajos y rondas hídricas, una infraestructura natural que ya funcionaba con una eficiencia que ningún box culvert de concreto ha logrado igualar, y que no costó un peso al municipio. Sin embargo, decidimos que esos espacios eran un obstáculo y actuamos en consecuencia: rellenos, viviendas, vías y comercio ocuparon a la fuerza un suelo que sabía inundarse, como si el agua pidiera permiso para quedarse o para irse a otro lado.
El error de fondo, que hay que nombrar sin rodeos, fue creer que eliminar un terreno inundable equivalía a eliminar el riesgo cuando en realidad solo lo trasladamos y ese riesgo trasladado hoy tiene dirección, cédula y nombre propio: una calle intransitable justo el día en que alguien necesita llegar a trabajar, una vivienda que pierde en una noche lo que una familia construyó con años de esfuerzo o una escuela que cierra sus puertas porque el agua llegó antes que los estudiantes. Cuando el sistema de drenaje colapsa, deja de ser un asunto ambiental para convertirse en un problema de vivienda, movilidad, economía familiar y salud pública y sobre todo, en un problema de equidad, porque quien tiene con qué mudarse se muda, y quien no, se queda a convivir con el agua que la ciudad le heredó.
En consecuencias nos gusta llamarnos resilientes y en parte lo somos, pues hemos aprendido a convivir con el calor, con lluvias cada vez más intensas y con inundaciones que ya son parte del paisaje cotidiano, pero casi nunca nos preguntamos de qué exactamente estamos siendo resilientes. No es lo mismo recuperarse de una amenaza natural que acostumbrarse a una amenaza fabricada por decisiones urbanas equivocadas; lo primero es fortaleza colectiva, mientras lo segundo es resignación bien disfrazada. Acostumbrarnos al riesgo no es resistencia, sino adaptación a lo que nunca debimos permitir y una sociedad que confunde ambas cosas termina aplaudiendo su capacidad de aguante en lugar de exigir que el problema se resuelva desde su origen.
De igual manera, el río Sinú no atraviesa Montería por casualidad, pues es el eje que ha definido su paisaje, su economía, su cultura y la relación de sus habitantes con el territorio, de modo que planear la ciudad de espaldas a esa relación histórica no es solo un error técnico de ingeniería hidráulica, sino una forma de amnesia colectiva que siempre paga primero el barrio más pobre. Por eso, la pregunta que debería estar en el centro del debate público no es cuántas viviendas más se pueden construir ni cuántas vías nuevas se necesitan, sino cuánto espacio necesita el agua para que esta ciudad siga siendo habitable para todos, no solo para quienes pueden pagar un lote alto; esa es la gran discusión urbana pendiente y no es técnica reservada a ingenieros, sino ciudadana, porque de ella depende quién vive tranquilo y quién vive con el agua al cuello cada temporada de lluvias.
Nadie pide frenar el crecimiento de una ciudad que, con toda razón, quiere seguir haciéndolo, pero se trata de decidir, con cabeza fría y datos sobre la mesa, qué tipo de crecimiento estamos dispuestos a sostener sin trasladarle la factura a la próxima generación. Una ciudad moderna no es la que logra pavimentar cada metro disponible, sino la que tiene la madurez institucional de reconocer que algunos terrenos no se transforman, se protegen, porque de esa protección depende en el sentido más literal, la vida de quienes la habitan.
Durante años pensamos que el agua era el problema, pero el desafío central fue que dejamos de entender “o decidimos no entender, que es peor” dónde tenía que estar, y así Montería no eliminó el riesgo de inundarse, sino que lo trasladó de barrio, casi siempre hacia el que tenía menos capacidad de reclamar. Por eso, mientras sigamos llamando resiliencia a la simple capacidad de aguantar, seguiremos evitando la palabra que realmente hace falta pronunciar en cada sesión del concejo, en cada plan de ordenamiento y en cada licencia de construcción: prevención, no como un acto de compasión, sino como un ejercicio de responsabilidad todavía pendiente, para dejar de construir las condiciones que después nos obligan a resistir no dependiendo del clima, sino de nosotros.