Opinión

Escalona y Sánchez Juliao: Dos costeños que prendieron la nevera

Por : Mario Sánchez

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Cierto día, una tarde de esas cuando el sol se enfurece con la pecaminosa humanidad, tirando destellos caniculares y fuetazos de calor, como si tuviésemos que pagar alguna manda transgeneracional, entré al centro cultural del Banco de la República de Montería. Buscando refugio a ese tormentoso clima y cachetearme un pocillo de café y otro de agua con el frío polar del aire acondicionado que impera en el lugar, me encontré con el archivo privado de David Sánchez Juliao recién organizado, una joya para la ciudad y para la costa norte colombiana.

En menos de nada me vi con guantes y tapabocas al mejor estilo de la cruda pandemia del 2020. Ese es el requisito para leer y manosear los archivos, para degustar los secretos y los datos más curiosos y significativos de uno de los hombres más relevantes de la literatura colombiana… el viejo Deiby, como cariñosamente se le conocía.

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David siempre fue una caja de sorpresas, una fiesta que no paraba; era una locomotora de historias que quedaban plasmadas en el imaginario colectivo cuando las narraba y contaba en su voz portentosa y mágica narrativa. Nadie como él para dominar la conversación. Era el conocimiento de su disciplina investigativa y el saber popular que encontraba en las calles. Así construyó un universo de personajes con los que hablaba y estudiaba desde la uña del dedo gordo del pie, hasta la mirada más atenuada en los pretiles y plazas de pueblos.

Había tanto por escuchar, observar y leer que no sabía por dónde comenzar, pero unos mamotretos de papelitos muy bien acomodados en el archivo se titulaban “Cartas de Escalona a David”. Ahí me detuve y se me fue toda la tarde leyendo y releyendo. Algunos datos tuve que corroborarlos con Paloma Sánchez, hija y gran conserje de la obra del maestro loriquero.

En el edificio Barichara de la capital del país, donde el Caribe aún respiraba entre los apartamentos que lo conformaban, coincidieron dos temperamentos que se reconocieron sin necesidad de presentaciones formales. David Sánchez Juliao ocupaba el 1604; unas plantas más abajo, en el 603, habitaba Rafael Escalona. No era solo vecindad: era una geografía íntima. Se escribían. Se visitaban. Compartían puntos de vista que se cruzaban como dos corrientes del mismo río.

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Ambos costeños, uno criado a orillas del río Badillo al son de acordeones, y el otro levantado frente a la turbia corriente del río Sinú escuchando bandas de viento. Escalona, un magnífico contador de historias a través de melodías contagiosas que lo catapultaron como uno de los grandes maestros de la composición vallenata. Sánchez Juliao, el rapsoda que cautivaba con su oralidad y se cobijó entre letras que fueron cuentos y novelas traducidas a más de 12 idiomas.

Escalona, el maestro de la canción vallenata, le decía “indiecito” a David, con esa mezcla de cariño y superioridad afectuosa que solo se permite quien admira de verdad. Y la admiración era profunda. Escalona no solo quería al escritor: lo exigía. Exigía, también, que el mundo tratara mejor a los artistas, como quien defiende una causa personal.

Había caprichos, claro. Escalona solía citar a David a las dos de la tarde, hora sagrada de la siesta costeña. Y David, más de una vez, sacrificó ese descanso mediterráneo para atender los llamados del maestro. A veces, sin embargo, Escalona tenía misericordia del nacido en Lorica y lo citaba a las tres, “para que descansara una hora”. Entonces sonreía y decía: “Arroyo Amistoso”. Así bautizó él mismo aquella corriente de visitas, cartas y conversaciones que fluía entre los dos apartamentos.

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No todo era dulzura. Escalona guardaba rencores pequeños y sabrosos. Contaba, por ejemplo, que Grau lo había invitado en Cali a tomar whisky y después, como si la memoria fuera selectiva, no lo había reconocido en otro evento. David escuchaba. Anotaba. Guardaba. Cogía apuntes; sabía que enfrente tenía a un grande de la historia cultural de Colombia.
En un escrito que le dedicó, Escalona dibujó una ahuyama y el boceto de un busto de mujer desnuda. Junto al dibujo escribió algo que sonaba a testamento gastronómico y existencial: “Una fruta muy sabrosa para el costeño es la ahuyama; las de aquí de Bogotá son muy aguadas. Lo mismo que ciertas osas.”

Había en esas líneas toda una declaración de pertenencia: el sabor propio, el rechazo a lo aguado, la fidelidad a la tierra que ambos amaban a su manera. Y al final, como un título que se queda resonando, Escalona dejó escrito: “Cristal de las ilusiones”. Así fue aquella amistad: un arroyo que no se secó, un cristal que no se quebró, dos hombres que se encontraron en el mismo edificio y descubrieron que, a pesar de los caprichos y las siestas interrumpidas, compartían el mismo modo de mirar el mundo.

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Se conocieron hacia 1977, en ese edificio Barichara que Escalona convertía, sin proponérselo, en una especie de patriarcado cariñoso y cotidiano. Él era el ancla del lugar, y David, el escritor loriquero, se acercó con esa naturalidad que solo concede la verdadera afinidad.

Ambos gozaban de una fama artística y, al tiempo de temperamentales, no era fácil penetrar el cerco de sus privacidades. Pero la química amistosa logró abrirse a otros círculos que poco a poco fueron la calefacción costeña al frío bogotano. En el Barichara fueron prendiendo la nevera.

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En el primer piso, el restaurante se volvía tertulia abierta: allí se encontraban a menudo con los amigos de la zona —Jairo Aníbal Niño e Irene Morales, Herbert Chamat— y compartían mesa, risas y horas. De vez en cuando el círculo se desplazaba a Roldanillo, a casa de Omar Rayo, o a Lorica; pero nunca fueron muy dados a las fiestas “americanas”. La Navidad, por ejemplo, les resbalaba: preferían el ritmo propio del Caribe.

Alrededor del compositor de Patillal y del escritor de Lorica gravitaban otras almas bohemias de la cultura: Eutiquio Leal, José Luis Díaz Granados, Eligio García Márquez, Francisco Zumaque, Carlos Romero, Clara López… y siempre Jairo Aníbal. El edificio Barichara funcionaba como una embajada del Caribe en pleno corazón de la ciudad: mucho respeto, mucho cariño, mamadores de gallo de pura cepa. Pasaban largas horas en los apartamentos, cada uno sumido en sus saberes y en sus artes, compartiendo puntos de vista y gestionando, con generosidad, la cultura para engrandecer a los hacedores de arte. Una camaradería del carajo.

Entre Escalona y David existía, además, una correspondencia secreta y traviesa. Se deslizaban memitos y escritos cortos debajo de la puerta, con el cuidado de que nadie —absolutamente nadie— pudiera leerlos. Eran dos muchachones juguetones que, en esas páginas íntimas, chismoseaban de todo: de los gustos del género femenino y, también, de los platos más suculentos de la gastronomía caribeña colombiana.
Cigarros, tragos, música, declamaciones y grandes conversaciones quedaron tatuadas en las paredes del edifico. Era el epicentro artístico de aquellos costeños que llegaban a la nevera buscando mejor vitrina. No era una época fácil para los llegados de la provincia, no eran vistos con decencia. Pero tanto David como Escalona habían abonado el terreno. La sabiduría y talento que florecía en el Caribe, lograron dar paso y conectar a muchos para pasar los filtros de la rosca cachaca de aquellos años. De esas bohemias surgieron producciones televisivas como Gallito Ramírez y la serie Escalona.

El escritor y compositor de provincia, los pueblerinos rebeldes, se ganaron el respeto de la sociedad colombiana, emergieron y sus legados hoy están escritos con tinta indeleble. Ambos son referentes de la memoria y el arte del país; ambos contaron las historias tejidas de sus pueblos, hablaron de sus personajes y la idiosincrasia del hombre caribe.
Hablando no en mecedoras sino en el frío capitalino, se gestó una hermandad entre dos provincianos que prendieron la nevera a punta de cuentos y canciones, y sobre todo, con el arte de hablar paja, de Eso si sabemos los costeños.

Si quieren conocer de estas y otras curiosidades y aspectos sobre el maestro David Sánchez Juliao, pacense por el archivo que yace en el Centro Cultural del Banco de la República. Escritos, fotos, videos, libros y mucho más están disponibles. Antes que se pase, lleven guantes y tapabocas.

Ahí logré pasar el calor, tomé agua y café y de ñapa les escribí esta historia.

Buen viento, buena mar

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