Una generación inútil
Por : Jairo Torres Oviedo
La humanidad ha transitado por diversas épocas que reflejan la evolución de las redes de información: desde el relato oral hasta la inteligencia artificial. En ese recorrido se han construido pensamientos y realidades que moldean nuestra manera de concebir el mundo. Hoy, la inteligencia artificial se erige como una realidad totalizante; capaz de redefinir las formas de relacionamiento social. Sin embargo, esta misma realidad tiende a individualizar y enajenar, poniendo en crisis el ideal de humanidad sustentado en la fraternidad, la ayuda mutua y la dignidad.
Por esta razón, la encíclica Magnífica humanidad del Papa León XIV plantea que la humanidad se encuentra frente a una decisión definitiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad de Dios, donde la humanidad pueda habitar en común. Según el Papa, cada generación tiene la tarea de aportar a la maduración de la historia y darle forma a su propio tiempo; evitando de esta forma, repetir los errores y tragedias del pasado. Una tarea nada sencilla, pues implica proteger la dignidad humana, promover la justicia y cultivar la fraternidad. Cuando esto no ocurre, el mundo pierde su rostro humano, agravado hoy por el predominio de poderes tecnológicos que controlan las esferas más íntimas de la vida. No basta con hablar de regulación: debemos preguntarnos quién detenta ese poder y hacia qué fines lo orienta, especialmente cuando supera incluso la capacidad de los Estados.
Este poder tecnológico, que reconocemos por haber mejorado las condiciones de vida, también nos conduce hacia escenarios insospechados y peligrosos que amenazan la dignidad humana. En este contexto, se ha comenzado a hablar de una “generación inútil”: aquella que, en los próximos veinte años, verá cómo sus responsabilidades, destrezas, capacidades y ocupaciones son asumidas por las nuevas tecnologías, en particular por la inteligencia artificial.
Dicho de otra manera, resulta inquietante el profundo contraste entre el alto grado de desarrollo científico y tecnológico y el bajo grado de desarrollo social. Para ilustrar este contraste, podemos recurrir a una imagen simple pero reveladora: mientras la más elemental demostración científica o tecnológica sobrepasa la capacidad de casi cualquier individuo, las mejores instituciones políticas, sociales o económicas no logran disipar en la mayoría de nosotros un desolador sentimiento de injusticia y desigualdad cada vez más profundo y degradante.
De hecho, podrían mencionarse múltiples ejemplos que evidencian este contraste: desde la máquina de vapor, las primeras imágenes fotográficas, el telégrafo y el teléfono; pasando por el motor de combustión, la radio y la televisión, hasta llegar a los últimos avances en cibernética, informática, robótica, Internet, telecomunicaciones, biotecnología, nanotecnología, energía nuclear e inteligencia artificial. Todo ello, constituye un conjunto de innovaciones que nos sorprenden por su eficacia, que se han vuelto imprescindibles en el curso de nuestras vidas cotidianas y que, en términos generales, cuentan con el beneplácito de la mayoría de la población. Este panorama muestra el poder de la humanidad sobre sí misma: un poder que controla y domina; donde no basta con la regulación ejercida, sino que exige preguntarnos por el sentido y la finalidad de ese poder.
Lo verdaderamente peligroso de este poder tecnológico es que podemos intuirlo, pero no preverlo. No está bajo el control de los Estados, sino de sectores privados y transnacionales que avanzan en una dirección contraria al bien común. Mientras unos pocos controlan el presente y configuran el futuro mediante nuevas formas de poder tecnológico, otros se limitan a reflexionar sobre ello, y muchos, simplemente observan y esperan.
Consecuentemente, se hace necesario plantearnos las grandes preguntas de nuestro tiempo: ¿hacia dónde vamos?, ¿cómo enfrentar estos nuevos poderes?, ¿cómo dar respuestas que se conviertan en acciones colectivas y no en la pasividad de simples espectadores de un orden tecnológico que nos supera e impone modos y formas? Responder a estas preguntas implica tomar posición con responsabilidad en esta era de la inteligencia artificial. Como recuerda el Papa, evocando dos imágenes bíblicas, estamos ante la disyuntiva de construir una nueva torre de Babel o reconstruir los muros de Jerusalén.
El debate está abierto: ¿edificamos una sociedad autosuficiente y desvinculada, o construimos un mundo donde prevalezcan la justicia, la dignidad y el bien común?