Opinión

Una Inundación sin Estratos

Por : Efraín hernandez

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El agua tiene memoria, aunque nosotros no la tengamos. Esta mañana, mientras Montería despertaba con las calles convertidas en espejos turbios, alguien en un conjunto del norte grabó con su celular cómo el agua cruzaba la portería, se deslizaba por la rampa del parqueadero y se acomodaba, sin prisa, alrededor de una camioneta que todavía olía a nueva; en el video no hay gritos, solo un silencio de incredulidad. Esa imagen resume una época: la del monteriano que pagó por la promesa de seguridad y descubre que el suelo bajo sus pies le pertenecía a otro dueño. Ese dueño es el agua y no vino a robar nada, solo vino a recordar.

Hubo un tiempo en que esta ciudad leía su paisaje como quien lee una carta de familia y los viejos sabían, sin mapas, por dónde corría el caño en invierno y qué potrero se volvía laguna cuando crecía el Sinú. En concordancia, un estudio de la revisión del POT de 2011 contó cerca de 48 complejos de ciénagas alrededor del río y advirtió ya entonces sobre la desecación de humedales y el taponamiento de caños; no era una advertencia poética, era un diagnóstico.

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Entonces, pongámosle nombre a lo que perdimos, porque lo que no se nombra se olvida. El caño de Mocarí, que alguna vez fue un cauce vivo, hoy es un canal pluvial que la Alcaldía debe desmalezar cada temporada, retirando plástico, madera y vidrio para que el agua alcance a pasar. El caño El Purgatorio cargó durante años los lixiviados del relleno de Loma Grande, hasta que un tribunal ordenó su recuperación y desde La Caimanera bajaron en febrero las aguas que obligaron a evacuar los barrios La Esperanza y Manuel Jiménez. Tres nombres, tres heridas, una misma historia: la del agua a la que le fuimos cerrando las puertas.

Ese mismo invierno de comienzos de año dejó más de 43.000 personas registradas como afectadas en el municipio. La cifra debió bastar para despertarnos; no bastó, seguimos vendiendo metros cuadrados en la planicie y rellenando con volquetas lo que la naturaleza había reservado para respirar.

Conviene decirlo sin rodeos: la naturaleza no es culpable de volver, en plena creciente, a las tierras que durante siglos le sirvieron de descanso para su propio exceso; de manera que, una ciénaga no es un terreno baldío esperando urbanizador. Es una esponja que recibe el agua de las lluvias, frena la escorrentía, la retiene y la devuelve despacio al río y al subsuelo, haciendo gratis lo que ningún sistema de alcantarillado logra a ningún precio; de allí que, cuando la tapamos, el agua no desaparece, simplemente se queda sin casa y sale a buscar una. Hoy encontró la nuestra.

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“Por eso la inundación de los conjuntos de lujo dice algo que la de los barrios humildes nunca logró decir con suficiente fuerza”. Durante décadas, el agua golpeó primero a quienes ocuparon la orilla por necesidad, y la ciudad lo miró como una desgracia ajena. Ahora entra también al apartamento de estrato seis, y entendemos, tarde, que el riesgo no distingue escrituras. El concreto se moja igual que la tabla.

La naturaleza no siembra desgracias; las sembramos nosotros con cada licencia firmada a ciegas sobre el mapa del riesgo, con cada caño encerrado en concreto para ganarle un lote al agua y con cada autoridad que prefiere mirar hacia otro lado, hasta que un día descubrimos que no fue el río, sino nuestra mano, la que convirtió en barrio lo que siempre fue cauce. Hay señales de que la lección empieza a calar. La propia hoja de ruta municipal tras la emergencia de este año habla de revisar el POT, aplicar soluciones basadas en la naturaleza y recuperar humedales periurbanos. Son palabras correctas, falta ver si resisten la presión de quienes ven en cada humedal un proyecto inmobiliario en espera.

Dentro de unos días el agua bajará y quedará una línea de barro en las paredes, como la marca que deja la marea que ojalá aprendamos a leerla. Esa línea no es una mancha sino una firma, la que el agua deja con paciencia de siglos para recordarnos hasta dónde llegaba su casa cuando aún no habíamos llegado nosotros

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