Opinión

El lenguaje de la tierra, ¿Lo has sabido escuchar?

Por: Sofía Esteban de León

Hay semanas que parecen obligarnos a mirar hacia arriba, hacia las montañas y hacia la tierra que pisamos. No porque exista una explicación única para todo lo que sucede, sino porque varios acontecimientos nos recuerdan, casi al mismo tiempo, que nuestro planeta está vivo y que su comportamiento no siempre puede ser predecible.

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Un fuerte movimiento sísmico en Venezuela, la actividad del volcán Puracé, el reciente terremoto en Colombia y, en distintos lugares del mundo, temperaturas extremas, incendios, lluvias intensas, frentes fríos, sequías y océanos cada vez más cálidos forman parte de un escenario que merece nuestra atención.

No sería serio afirmar que todos estos fenómenos están conectados. Un terremoto y la actividad de un volcán pueden responder a procesos geológicos diferentes, mientras que las olas de calor, los frentes fríos, las sequías o el calentamiento de los océanos están relacionados con dinámicas climáticas de otra naturaleza.

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Pero tampoco sería sensato mirar cada acontecimiento como si no tuviera nada que enseñarnos. La Tierra tiene sus propios ritmos: Se mueve, respira, cambia. Debajo de nuestros pies existen fuerzas que no vemos y que, de vez en cuando, nos recuerdan que nuestra sensación de estabilidad es apenas eso: una sensación.

El lenguaje de la tierra

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A lo mejor por eso lo ocurrido en las últimas semanas debería despertar algo más que preocupación momentánea. Debería despertar curiosidad, conciencia y, sobre todo, preparación. Porque un volcán no necesita entrar en erupción para enseñarnos una lección. Basta con que cambie su comportamiento para recordarnos la importancia de observarlo.

Un terremoto no necesita destruir una ciudad para dejarnos una enseñanza. Basta con sentir cómo se mueve el suelo para comprender que debemos estar preparados. Una lluvia no necesita convertirse en una inundación para advertirnos sobre la importancia de conservar los ecosistemas que regulan el agua. Y una ola de calor no necesita romper todos los récords para hacernos comprender que el clima que conocimos durante décadas puede estar cambiando.

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La naturaleza no siempre avisa de la manera que esperamos. Algunas veces lo hace con un temblor; otras, con una montaña que cambia, un río que crece, un bosque que arde o una temperatura que supera lo acostumbrado. El desafío está en aprender a distinguir esas señales sin caer en el miedo ni en las interpretaciones apresuradas.

Vivimos en una época en la que tenemos más información que nunca, pero también estamos expuestos a una enorme cantidad de desinformación. Cada terremoto puede convertirse rápidamente en una teoría; cada movimiento de un volcán, en una predicción de catástrofe; cada fenómeno extremo, en una explicación que no necesariamente corresponde a la realidad científica.

Por eso necesitamos algo tan sencillo como difícil: aprender a escuchar sin inventar lo que la naturaleza está diciendo.

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Escuchar significa acudir a la ciencia. Consultar las fuentes oficiales. Conocer los sistemas de alerta. Entender los riesgos del lugar donde vivimos. Saber cómo actuar ante un terremoto, una inundación, un incendio o una eventual emergencia volcánica. También significa comprender que cuidar la naturaleza no es solamente una cuestión ambiental. Es una forma de proteger nuestra propia vida.

Los bosques ayudan a conservar el agua. Los humedales amortiguan inundaciones. Los páramos regulan recursos hídricos esenciales. Los océanos absorben enormes cantidades de calor. Los ecosistemas sostienen una compleja red de vida de la que también dependemos nosotros.

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A veces olvidamos que la naturaleza no es el escenario de nuestra existencia. Es parte de nuestra existencia.

Colombia, con sus montañas, volcanes, ríos, costas, selvas y páramos, es un territorio extraordinariamente diverso. Esa diversidad es una riqueza, pero también implica convivir con diferentes amenazas naturales. No podemos detener un terremoto, no podemos controlar un volcán, no podemos impedir que llegue una tormenta. Pero sí podemos prepararnos.

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Podemos educar a nuestros hijos para saber qué hacer ante una emergencia. Podemos conocer las rutas de evacuación. Podemos tener elementos básicos de emergencia. Podemos respetar las alertas. Podemos evitar construir o vivir en lugares donde el riesgo es conocido. Podemos aprender a reconocer que la prevención no comienza cuando ocurre la tragedia. Comienza mucho antes.

Tal vez estos días difíciles estén ofreciéndonos una oportunidad. La oportunidad de recordar que vivimos sobre un planeta que no está quieto, que tiene sus propios ciclos y que, de vez en cuando, nos obliga a detenernos a mirar, a informarnos, a prepararnos, y a entender que la verdadera sabiduría no está en tenerle miedo a la naturaleza, sino en conocerla, respetarla y aprender a convivir con ella.

#chn26tierra

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