Bullying en la escuela
Por: Jairo Torres
En días recientes, el Colegio La Salle de Montería fue escenario de una conducta social bastante común y recurrente en las instituciones de educación básica y media, e incluso en el nivel superior: el acoso escolar.
En el lenguaje técnico, este fenómeno se denomina bullying y se define como una forma de violencia sostenida en el tiempo, ejercida de manera física, psicológica o verbal por uno o varios estudiantes sobre otro que se encuentra en estado de indefensión, generando afectaciones a su salud física y mental.
Lo particular de este caso es que la conducta fue difundida y puesta en conocimiento público a través de un video, en el cual se observa a un menor de edad incurriendo en acoso escolar contra otro compañero. Este hecho, más allá de la indignación inmediata que provoca, merece un análisis académico y social profundo, pues refleja un comportamiento característico de los ambientes escolares.
En consecuencia, la escuela como institución no puede permanecer indiferente: tiene la obligación moral y pedagógica de asumir el problema con un enfoque integral que permita su estudio, comprensión e intervención, involucrando activamente a todos los actores de la comunidad educativa. Considero que solo mediante este compromiso colectivo será posible transformar la cultura escolar y garantizar que la formación no se vea empañada por prácticas de violencia que contradicen la esencia misma de la educación.
El bullying es un tema complejo, que encarna la complejidad social y los procesos de socialización donde los niños, niñas, adolescentes y jóvenes configuran la identidad y personalidad. Pensamos que solo la escuela debe asumir este problema y resolverlo, desconociendo que la intervención y respuestas están sujetas e integradas a un sistema cultural de acción, constituido por la escuela, la familia, el Estado, la Iglesia, entre otros. Entregamos a la escuela, como institución de educación y formación, responsabilidades que también deben asumir otras instituciones, lo cual incluye la familia.
El caso observado en el Colegio La Salle de Montería deja en evidencia una problemática social que evadimos, tratamos de ocultar y/o entregamos a la escuela para que la asuma; es decir, la escuela es la esponja que absorbe la incapacidad de asumir responsabilidades y fracasos de las otras instituciones que hacen parte de los sistemas culturales de acción; en particular, la familia. Pero paralelo a esta incapacidad consciente de comprender y asumir responsabilidades frente a problemas como el bullying, la estrategia mediática fue juzgar y condenar, sin derecho a la defensa y al debido proceso, a una institución educativa caracterizada por el rigor y calidad en sus procesos formativos, arraigada en una filosofía y valores cristianos, formando generaciones de jóvenes monterianos. Desconocieron la historia y tradición del Colegio La Salle-Montería; fueron ligeros, juzgando y condenando; olvidaron un valor esencial de la vida: “agradecimiento”; eso merece esta institución educativa, gratitud por lo hecho y lo que continúa haciendo por la juventud monteriana; lo anterior no exime de responsabilidad, pero tampoco lapidar la imagen de esta institución.
Además, algunos medios de comunicación apoyados por padres de familia construyeron un relato mediático, despertando morbo y revictimizando a un par de jóvenes menores de edad, quienes necesitan orientación, acompañamiento y formación para aprender y desaprender; un acompañamiento que les permita construir una conciencia moral humanizante. Sin duda alguna, el manejo mediático fue asumido irresponsablemente; olvidando que el problema debió ser abordado con mucha prudencia, con responsabilidad social y moral por los actores de la comunidad educativa; teniendo en consideración a los afectados: un par de jóvenes menores de edad en proceso de formación, sus familias, el colegio, directivos, profesores y la comunidad educativa.
Cabe señalar que, la educación tiene una responsabilidad: formar para transformar; una transformación humana y social que humanice y supere la barbarie. No son tiempos para continuar juzgando y condenando, sino para comprender, construir, formar y transformar.