Opinión

ZENÚ: autonomía, trabajo y prosperidad

Colombia necesita una discusión serena pero valiente: ¿queremos que nuestros pueblos indígenas sean reconocidos solamente por los recursos que reciben o también por las oportunidades que son capaces de construir? No se trata de desconocer sus derechos ni las obligaciones del Estado, sino de repensar qué significa la autonomía en el siglo XXI, porque tener territorio, cultura, autoridades propias y reconocimiento constitucional es fundamental, pero la autonomía también necesita capacidad para producir, crear empresa y construir patrimonio.

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Durante años, la política pública ha destinado recursos importantes a los pueblos indígenas y es legítimo que existan programas de apoyo para atender necesidades reales, pero esos recursos deben llegar a quienes verdaderamente los necesitan y convertirse en bienestar, infraestructura y oportunidades. Cuando aparecen intermediaciones innecesarias, burocracias o intereses personales, se corre el riesgo de que la política social pierda su verdadero propósito. En esa línea, el presidente Abelardo De La Espriella ha planteado respetar la consulta previa y las autoridades indígenas, pero también revisar posibles irregularidades en la intermediación de los recursos destinados a estas comunidades. Esta discusión no debería entenderse como una confrontación con los pueblos indígenas, sino como una oportunidad para fortalecer su autonomía, porque la transparencia también es autonomía.

Una comunidad que piensa en producción está pensando en futuro y una asociación que quiere convertirse en empresa está pensando en empleo, mientras que un joven que quiere emprender está pensando en quedarse en su territorio y encontrar allí una oportunidad. El reto es dar el siguiente paso, transformar, agregar valor, comercializar y construir marcas propias para que una mayor parte de la riqueza generada por la agricultura, la ganadería, las artesanías y los alimentos permanezca en las comunidades. No basta con producir, también hay que aprender a vender, negociar, administrar, invertir y crecer, porque ahí comienza la verdadera transformación económica.

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Por eso debemos empezar a hablar de algo que pocas veces ocupa el centro de la conversación indígena: patrimonio. Patrimonio familiar, comunitario y empresarial, porque la independencia económica no se construye únicamente con transferencias, sino cuando una comunidad tiene activos capaces de producir ingresos y esos ingresos permiten financiar nuevas oportunidades. Esto exige también cambiar la manera como miramos a nuestros jóvenes, no enseñarles solamente a esperar un empleo o un nuevo programa, sino a crear oportunidades. Un joven Zenú puede ser profesional, empresario, agricultor tecnificado o innovador sin dejar de ser Zenú, porque la identidad no debe ser una barrera para la prosperidad, puede convertirse en una de sus mayores fortalezas.

Tampoco comparto la idea de que defender los derechos indígenas exija alimentar permanentemente el resentimiento. Las injusticias históricas deben conocerse y los derechos deben defenderse, pero ninguna comunidad debería permitir que sus necesidades sean convertidas en combustible para una confrontación política permanente. El resentimiento no produce alimentos y el odio no crea empresas; lo que transforma una comunidad es el trabajo organizado, el conocimiento, la producción, la inversión y la capacidad de construir instituciones propias y transparentes. El Estado debe cumplir su parte, pero las comunidades también tienen derecho a decidir qué quieren construir con las oportunidades que reciben.

El pueblo Zenú puede mostrarle a Colombia otro camino, uno donde el territorio se protege pero también se hace productivo, donde la identidad se conserva pero no se utiliza como excusa para permanecer en la pobreza, donde se defienden derechos pero también se asumen responsabilidades, y donde el Estado cumple sus obligaciones mientras las comunidades fortalecen su propia capacidad económica.

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En ese debate, el Resguardo indígena Zenú Shei-Nu, ubicado en el departamento de Córdoba, representa una experiencia que merece ser observada con atención, porque está apostando por fortalecer su economía desde la producción y por convertir sus capacidades en oportunidades.

Shei-Nu demuestra que hablar de desarrollo indígena no tiene por qué significar hablar únicamente de subsidios. Su apuesta productiva comprende actividades como la producción de forrajes, la ganadería, las artesanías y la producción de alimentos, con una visión que busca avanzar hacia la comercialización. Ese paso es fundamental, porque producir para el autoconsumo es importante, pero producir también para vender, transformar y llegar a nuevos mercados puede convertirse en una fuente de ingresos, empleo y patrimonio para las familias y para la comunidad. El territorio indígena puede ser, al mismo tiempo, espacio de identidad, cultura y actividad económica.

Quizás el futuro del pueblo Zenú no esté solamente en demostrar cuánto necesita, sino en demostrar todo lo que puede llegar a construir, porque un pueblo verdaderamente autónomo no solo defiende sus raíces, también construye el patrimonio que permitirá que esas raíces tengan futuro.

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