Errores que cuestan
Es evidente el buen juicio del gobierno al entender que la base fundamental para que la acción humana se manifieste es la seguridad y el respeto a la ley. Por eso son bienvenidas acciones como la erradicación de cultivos ilícitos, los operativos contra campamentos criminales, el restablecimiento del orden en las cárceles sin privilegios, la defensa de la propiedad privada frente a ocupaciones ilegales y la restitución de la autoridad legítima del Estado en todos los espacios.
Sin embargo, de nada sirven estos esfuerzos si equivocamos nuestras apuestas productivas. El sector primario, como primer peldaño de nuestra riqueza, tiene un componente minero donde las ventajas absolutas son evidentes y la acción humana desarrolla todo su potencial con márgenes mínimos de error. En contraste, el sector agrícola es mucho más complejo y exige una comprensión profunda de la integración entre nuestro ecosistema y la economía.
Hace muchos años, los grandes pensadores clásicos explicaron los principios en los que se basa una economía sana:
- Las ventajas absolutas de Adam Smith: Están ligadas a nuestra naturaleza geográfica y no son manejables artificialmente de manera rentable. El ejemplo más claro es el del maíz: aunque en la zona ecuatorial se emplee tecnología de punta, jamás alcanzaremos la competitividad de los países de zona templada. Mientras ellos disfrutan de 18 horas de luz en verano —lo ideal para este cultivo—, nosotros apenas contamos con 10 horas. Ante esta diferencia climática no hay milagro que valga; todo recurso invertido allí competirá en desventaja frente a naciones con promedios de 12 toneladas por hectárea frente a nuestras 5. Si bien la decisión empresarial es responsabilidad de cada inversionista, el Estado tiene el deber pedagógico de realizar conferencias y días de campo para explicar esta realidad, evitando que los productores asuman costos por errores previsibles.
- Las ventajas comparativas de David Ricardo: Son inherentes al ser humano y se fundamentan en factores limitantes que se dividen en dos órdenes:
De orden estatal: Abarcan la seguridad, la infraestructura productiva y, de manera crucial, la información certera. En Colombia poseemos más de la mitad de nuestra frontera agrícola con buena infraestructura, pero con un desconocimiento total sobre qué apuestas productivas desarrollar. Por ello, el Estado debe proveer información técnica y rigurosa.
De orden particular: Corresponden a la capacidad de elección del empresario entre las opciones con ventajas reales, aplicando conocimiento riguroso y una administración eficiente del capital.
Hoy observamos con preocupación que se siguen enviando mensajes equivocados para promover inversiones en sectores carentes de ventajas absolutas. Por esta razón, advertimos que los valiosos esfuerzos del presidente en materia de seguridad corren el riesgo de mostrar en el sector agrícola un resultado inferior al potencial real de nuestro país.