El calzado: la industria que Chinú no puede aplazar más
Por: Andrés Felipe Vásquez Sibaja
Por allá en 2016, el plan de desarrollo de ese entonces consignó una visión para 2026: «Chinú será reconocido a nivel nacional por su desarrollo empresarial en el sector del calzado con exportaciones a otros países […]».
Este ambicioso planteamiento, formulado hace diez años, debe convertirse en un sueño colectivo, un propósito al que llegar. Esta visión, aún sin cumplir, nos deja conocer que el poder sabe que en la producción de calzado está la mayor posibilidad para el crecimiento de la economía urbana de nuestro municipio. Hoy, en 2026, desafortunadamente no nos encontramos cerca de exportar calzado a otros países. Y es que tal objetivo no es sencillo, pero tampoco imposible. Algo tan grande como eso requiere trabajo permanente y articulación del sector público y privado.
Nuestro municipio posee, según los pocos estudios estadísticos que se tienen, 55 o más talleres de calzado, la mayoría ubicados en viviendas y dedicados a un negocio familiar. Así como en cada barrio chinuano hay una tienda, hay un taller de calzado. Por eso no estamos echando discurso o hablando cháchara cuando argumentamos que la economía urbana del municipio la sostienen los zapateros. Tenemos la historia, el conocimiento acumulado, la tradición artesanal, los talleres, los comerciantes y los productores. Es una actividad que ya existe, que nació del trabajo de nuestra gente y que ha demostrado que puede producir, vender y sostener familias. Es decir, aquí no partimos de cero.
¿Cómo, entonces, dar el paso? ¿Cómo desarrollar esta posible industria?
Esa es la gran pregunta. Pero, para plantear cualquier solución, política, plan o estrategia que conduzca a ese resultado, lo primero es tener unas cifras claras. Organizar este sector requiere un censo productivo que nos permita saber cuántos talleres existen, qué producen, cuántas personas trabajan, qué máquinas utilizan, cuál es su capacidad, dónde compran los insumos, dónde venden, qué dificultades enfrentan y qué porcentaje del empleo local genera el sector, esa información permite empezar a diseñar las políticas públicas y entender cuáles son los apoyos que se deben buscar en el departamento y la nación. De ese diagnóstico conoceremos las necesidades de cada taller. También sabremos cuáles pueden atenderse en grupo y cuáles individualmente.
La experiencia de Bucaramanga debería servirnos para entenderlo. Su reconocimiento en la producción de calzado no apareció de un día para otro ni fue obra de una sola administración. Se consolidó mediante décadas de especialización, formación de trabajadores, creación de empresas, circulación de conocimientos, presencia de proveedores, organización gremial y apertura de canales comerciales.
Por ello, la capacitación será esencial: una formación técnica ligada a la realidad del sector. En Chinú debería funcionar, de manera permanente, un programa de formación para el calzado articulado con el SENA, las instituciones educativas y, cuando sea posible, las universidades. La formación debe dirigirse a incorporar diseño, innovación, nuevas tecnologías, mercadeo, finanzas, comercio electrónico y construcción de marca.
Si logramos tecnificar el taller e incorporar innovación, el siguiente paso es conquistar mercados. Para eso se requiere una estrategia comercial estable: marcas reconocibles, estándares de calidad, catálogos profesionales, presencia digital, participación continua en ferias nacionales, ruedas de negocios y relaciones con distribuidores de las principales ciudades del país. No se trata de llevar cada cierto tiempo a unos pocos productores a un evento y declarar cumplida la tarea. Se trata de construir una presencia comercial durante todo el año, medir ventas, conseguir nuevos clientes y acompañar el cumplimiento de los pedidos. Todo esto requiere la voluntad decidida y la visión del pequeño productor que aspira a volverse empresario.
El calzado en nuestro municipio no debe ser una discusión ocasional o un evento anual. Se debe convertir en una política pública de desarrollo económico, independiente de quién esté gobernando el municipio. Tiene que existir y lo propongo un Plan de Desarrollo del Sector Calzado con una duración mínima de quince años. Ese plan debe construirse con los productores y trabajadores, adoptarse mediante un acuerdo municipal y establecer compromisos que no desaparezcan cada vez que cambia el alcalde. Cada gobierno podrá ajustar instrumentos y prioridades, pero no abandonar el rumbo. El plan debe tener presupuesto, metas anuales, responsables, indicadores públicos y una instancia permanente en la que participen los productores, los trabajadores, el comercio, el SENA, las instituciones educativas, la academia y las autoridades municipales y departamentales.
Esta época nos permite conocer cuál es el camino que debemos recorrer para que una industria naciente se haga fuerte y se consolide. Otros ya lo han recorrido. Se necesita sumada a la decisión del zapatero. Política, voluntad real para organizar y ejecutar el plan que permita el avance del zapatero chinuano.
Nuestra economía no va a cambiar por casualidad y no puede seguir dependiendo únicamente del comercio de pequeña escala, del empleo público o de actividades con poca capacidad para generar valor y trabajo estable. Necesitamos entender y hacer crecer los sectores en los que tengamos una ventaja construida por nuestra propia historia y concentrar allí una parte importante del esfuerzo público. El calzado, como lo vengo diciendo hace muchos años, es probablemente el sector con mayor capacidad inmediata para lograrlo, porque ya posee una base productiva, conocimiento local y experiencias empresariales que demuestran hasta dónde se puede llegar.
La oportunidad no será eterna. Mientras nosotros avanzamos lentamente, otros territorios modernizan sus empresas, mejoran sus diseños y ocupan los mercados. Además, el calzado importado de China y otros países, presiona cada vez más a los pequeños fabricantes. Tenemos que competir con identidad, diseño, eficiencia, cumplimiento y una marca capaz de decir que en Chinú se produce buen calzado.
Ya no basta con reconocer su importancia en discursos y en campañas. Llegó el momento de decidir si queremos continuar celebrando una tradición o convertirla en una industria. Si existe inversión pública real, organización empresarial, formación, tecnología, formalización y una política que permanezca por encima de los periodos de gobierno, Chinú puede fabricar mucho más que zapatos: puede construir empleo, empresas sólidas y un futuro económico propio.
Y por qué no, llegar a cumplir aquella visión y lograr que nuestros zapateros, unidos, hagan su primera exportación.