Hay algo que sucede en Montería cada vez que un nuevo letrero en idioma extranjero se instala sobre una fachada o cuando un algoritmo decide qué negocio será visible y cuál quedará condenado al olvido; dado que, la ciudad no solo transforma su paisaje, también modifica el lenguaje con el que se piensa a sí misma. Asi pues, cuando una urbe comienza a narrarse en palabras prestadas, ocurre una pérdida más discreta y profunda que la caída de cualquier edificio. Se desvanecen los nombres, las expresiones y las historias que alguna vez permitieron a sus habitantes reconocerse en el espejo de lo cotidiano, porque la memoria de un pueblo no vive únicamente en sus calles, sino en las palabras con las que aprendió a decir quién era.
Montería atraviesa una transformación silenciosa que no eligió por completo pero que ya corre por sus calles como una corriente subterránea, actualmente la digitalización avanza sin estridencias, alterando los ritmos con los que la ciudad compra, vende, conversa y construye sus vínculos cotidianos. Por eso, las plazas de mercado comparten ahora su antiguo protagonismo con vitrinas invisibles que operan desde bodegas sin rostro; el mototaxista que durante años conoció cada calle y cada cliente debe competir con plataformas que calculan tarifas desde lugares que jamás han sentido el calor de estas avenidas y el tendero de barrio, descubre que la confianza construida durante décadas puede ser desplazada por un mensaje enviado desde un número desconocido.
No se trata de una narración sobre el progreso ni sobre la ruina, es la historia incesante de la transformación que funciona como el río cuando muda su cauce y el cambio avanza sin disonancias, depositando nuevas corrientes donde antes hubo certidumbres y obligando a las orillas a aprender, una vez más, el difícil arte de reinventarse.
El desafío no radica en que la tecnología haya llegado a Montería, porque toda ciudad que permanece viva termina incorporando nuevas herramientas o corre el riesgo de quedarse al margen de su tiempo.
El asunto es otro, esta transformación avanza con una distancia cada vez mayor entre quienes la diseñan y quienes deben adaptarse a ella; por tanto, cuando una empresa de logística instala un centro de distribución en la periferia y genera empleo, pero esa ocupación transcurre entre algoritmos, metas y turnos que apenas dejan espacio para el encuentro humano, algo más que la economía comienza a modificarse, entrando en juego la cultura tejida durante generaciones alrededor del saludo demorado, del apodo que crea cercanía y de la conversación como forma de reconocimiento mutuo, no desaparece de golpe; simplemente va quedando arrinconada por ritmos que ya no le pertenecen. En razón de que, “no es la fuerza la que la desplaza, sino el tiempo”.
Por eso, este tiempo exige una mirada que no confunda novedad con progreso ni memoria con resistencia al cambio, es imposible dar la espalada ante una modernización que amplía horizontes y otra que uniforma los territorios hasta volverlos irreconocibles. “La diferencia no está en la tecnología, está en los valores que guían su rumbo”. Quizá hoy, la pregunta para Montería no sea si quiere ser una ciudad inteligente, sino si será capaz de serlo sin perder su propia voz, comprendiendo que el desarrollo no consiste solo en acelerar el futuro, sino en conservar aquello que da sentido al camino recorrido.
Aquí, esa identidad existe y es robusta, ya que si fuimos capaz de saber usar el río como espejo, convertir la adversidad en gastronomía, en música y en una hospitalidad que no se aprende en ningún manual de servicio al cliente, el reto mayor, es no dejarnos convencer que eso, debe modernizarse hasta volverse irreconocible para ser juzgada con rigor.
La velocidad con la que dejamos de reconocernos no es una ley del tiempo, es una elección disfrazada de destino; de manera que, el algoritmo puede registrar rutas, consumos y patrones, pero no conoce el nombre del hombre que conversa con el río cada amanecer con la atarraya en el hombro. Nosotros sí, “y en esa pequeña diferencia habita todavía una forma de humanidad que vale la pena conservar”.