Opinión

Montería: crónica de una transformación silenciosa

Por : Efraín de Jesús Hernández Buelvas

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Hay una disputa que surge cada vez que alguien publica una fotografía en blanco y negro del parque Simón Bolívar, o cada vez que un recién llegado propone modernizar el malecón del Sinú con terrazas de café y ciclovías; lo cual no es una discusión de urbanismo, es una guerra de pertenencia, y como toda guerra no declarada, sus heridas son más profundas, precisamente porque nadie admite que está peleando.

Montería es hoy un doble latido en una sola piel. Una, la recordada por quienes crecieron escuchando música desde sus patios, comprando en el mercado de la 35 y saludando a todos por el apellido, mientras la otra ciudad, la construyen día a día, quienes llegaron buscando oportunidades, seguridad o simplemente un lugar donde empezar de nuevo; pero, los dos territorios creen tener razón y ambos, en cierta medida, la tienen.

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El problema no es que Montería cambie, toda ciudad viva cambia o muere, el inconveniente es que el cambio siempre tiene dueño y ese dueño, rara vez es quien más necesita que la transformación ocurra. De modo que, cuando un barrio tradicional se vuelve atractivo para el mercado inmobiliario, los primeros en irse son quienes lo hicieron atractivo, los arrendatarios, los vendedores informales, las familias de tres generaciones que sostenían la memoria viva del lugar; se van no porque quieran, sino porque el precio de quedarse sube más rápido que sus ingresos y eso tiene un nombre: “desplazamiento por valorización”, que aunque suena técnico, en la práctica significa que hay monterianos que un día simplemente dejaron de vivir en el barrio donde nacieron.

Este fenómeno suscita una crítica honesta y con múltiples perspectivas, ya que existe una nostalgia que paraliza. Hay quienes defienden lo antiguo no porque lo habiten, sino porque les da identidad y ese rasgo propio no están dispuestos a compartirlo con quienes llegaron después, ante lo que toma forma la siguiente duda: ¿es la memoria un título de propiedad sobre el destino colectivo?

Las ciudades más inteligentes del mundo han aprendido que la respuesta no está en elegir entre conservar y transformar, sino en decidir con quién se transforma y para quién. En este caso Medellín, no se reinventó expulsando a sus comunas, se renovó incluyéndolas en el relato. Es allí, donde radica la diferencia entre renovación urbana y la sustitución social disfrazada de progreso; hoy, Montería está en ese filo, porque tiene la posibilidad de construir una identidad nueva que no borre la anterior, que no romantice la pobreza ni tampoco la ignore y que comprenda que toda transformación social genuina se cultiva desde la coherencia entre el crecimiento interior y la acción externa. Ante esto, la nostalgia no es el enemigo, el verdadero detractor es emplearla como excusa para no decidir, o peor aún, para que otros decidan sin nosotros.
Ahora, el río sigue ahí y la pregunta es: ¿quién puede sentarse a su orilla?

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