El Sinú sabe cosas que nadie Escribe
El Sinú no corre: narra. Lo hace desde que desciende de las montañas del Paramillo, con la lentitud de quien tiene toda la eternidad para contar una historia que custodia en silencio: siglos de murmullos y de nombres que se le pegaron en el camino, como el limo que deja en las orillas después de la creciente. Y así, cargado de todo lo que fue y lo que aún no ha decidido ser, el Sinú entra a Montería como quien ingresa a su propia casa después de un destierro interminable: despacio, oliendo a barro y a cosas que no tienen nombre en español. De allí que decir que esta ciudad tiene realismo mágico se quede corto, pues fue fundada sobre la costumbre de creerle más al río que al calendario. Y ese silencio que el río custodia empieza, poco a poco, a susurrar en sus orillas.
Basta sentarse en el malecón al atardecer para entender que aquí lo sobrenatural no es un adorno literario. Los pescadores antiguos hablan en sus laderas del mohán con la misma naturalidad con que relatan sus desdichas: como un hecho del río y no como una fantasía sobre él. Le dan voz al recuerdo del soberano de las corrientes, ese que vive en los pozos profundos que se forman naturalmente en las ciénagas, que enreda los trasmallos de quien pesca de noche sin permiso y que a veces se deja ver, hilando su cabello con un peine de oro como quien desenreda los recuerdos que guarda en su memoria. Nadie jura haberlo visto con sus propios ojos, pero todos conocen a alguien que sí, dejando flotar en el aire la certeza prestada y la fe que se hereda de boca en boca sin pedir jamás una prueba.
Y sí, el río tiene voz y alguien tiene que guardarla; por eso, la memoria de Montería no habita en los archivos (que además son escasos, incompletos y muchas veces devorados por el fuego o el olvido), sobrevive en la tradición oral, como una biblioteca errante que las abuelas llevan guardada en el pecho avivando una brasa que no debe morir jamás. Así se sostiene lo que arde en las entrañas: con aliento, con silencio y con manos temblorosas pero fieles. Por ello, las historias del Sinú no se leen: se escuchan en los corredores, se completan entre varias voces, cambian un poco cada vez que alguien las repite y en ese cambio constante está su magia verdadera. Tanto es así que la Llorona no es la misma leyenda de hace cien años, porque cada generación le presta su propio miedo y su propia ausencia; no conserva el pasado intacto, sino que lo reinventa para que siga dando frutos.
Lo que se guarda en el pecho, tarde o temprano, sale a caminar por las calles, esos trazados coloniales que sobreviven a medias entre balcones de madera y fachadas remozadas, escondiendo bajo cada farol su propio cortejo de fantasmas. Hay quienes afirman que, rondando la catedral, todavía se escuchan pasos de alpargata sobre el empedrado a la hora en que cierran las tiendas. Así como en las antiguas casas del barrio Colón (cercanas al rancho del indio Guzmán, que aún conservan patios interiores llenos de matas de sábila), hay quienes aseguran que ciertas noches se enciende una vela sola en un cuarto vacío. Estas historias cumplen la función de recordarnos que las calles tienen memoria, que cada baldosín ha visto pasar entierros, procesiones, huelgas, silencios impuestos por el miedo y que esa memoria, cuando no encuentra otro lenguaje, se disfraza de fantasma para poder seguir circulando.
Río, voz y calle no son tres historias: son una sola que se repite. Esta llanura fértil de memoria le presta sus criaturas a la tradición oral, la cual le otorga nombre a las esquinas; mientras que estos bordes devuelven la historia al río cada vez que alguien, posado en la orilla del tiempo donde el Sinú pasa y se deja ver, vuelve a contarla. Este ciclo no necesita imprenta ni notaría: se sostiene solo, como se preservan los puentes colgantes hechos de bejuco, con la tensión exacta entre quien cuenta y quien escucha. Y en ese equilibrio, el agua no moja: perpetúa; la voz no se pierde: siembra; y la calle no termina: gira, como la rueda de un caracol que escucha desde su espiral. De manera que, aunque nadie la escriba, esta tierra sigue contándose a sí misma.
Quizás por eso Montería resiste tan bien el paso del tiempo sin perder del todo su alma, porque no depende de que nadie escriba su historia para que esta exista. Le basta con que el río siga bajando, con que la abuela siga meciéndose en su hamaca al final de la tarde y con que las calles del centro sigan crujiendo bajo pasos que tal vez no están, pero que igual se escuchan. Ahí, en esa terquedad de seguir contando aunque nadie lo pida, vive el verdadero realismo mágico de esta tierra, que no está en los libros que hablan de ella, sino en la costumbre incansable de nombrarla en voz alta.