Opinión

La ciudad que aprende a vivir con el calor

Por : Efraín Hernández

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Montería no amanece, se enciende. El sol no sale, se instala, y lo hace como un funcionario que llegó para quedarse, que nadie eligió, pero todos obedecen. Aquí el calor no es clima: es régimen. Y como todo régimen, ha empezado a redactar sus propias leyes no escritas: a qué hora se puede vivir, dónde se puede pensar y cuánto cuesta respirar.

Hace veinte años la ciudad tenía horario de oficina; hoy tiene horario de supervivencia. Las calles se llenan a las cinco de la mañana, cuando el aire todavía no ha sido derrotado y se vacían al mediodía, como si una alarma silenciosa hubiera decretado el toque de queda térmico; de modo que el mediodía monteriano ya no es una hora: es un exilio. Los cuerpos se retiran, las persianas bajan, el comercio se hace fantasma y solo vuelve a respirar al atardecer, cuando salimos de nuevo a la calle, como si fuéramos una especie nocturna que la evolución todavía no ha terminado de fabricar, pero que el termómetro ya obligó a inventar.

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La arquitectura, mientras tanto, dejó de ser estética para volverse estrategia de guerra. Los aleros crecen, los ventanales se esconden, el concreto (antes símbolo de progreso) hoy es sospechoso de traición: acumula, retiene, devuelve el calor multiplicado; de manera que las casas nuevas se piensan en función del viento, no de la vista. El aire acondicionado, que fue lujo, se volvió infraestructura básica, con la misma jerarquía moral que el agua potable y ahí, se abre la primera grieta: una grieta social, porque no todos pueden pagar el derecho a la sombra artificial; el calor, en Montería, también entiende de clases.

Ya el calor no golpea parejo. Embiste distinto a quien vende mangos en un semáforo que a quien lo observa indiferente, desde un carro con el aire acondicionado al mínimo; somete distinto al obrero de construcción, condenado a mediodías de asfalto hirviendo, que al empleado de oficina climatizada. Paradójicamente, la economía informal “esa que sostiene a media ciudad” no tiene el privilegio de elegir horario. Así, la crisis térmica se ha convertido, sin que lo digamos en voz alta, en otra forma de desigualdad.

La educación tampoco escapó. Las aulas sin ventilación se volvieron hornos pedagógicos donde se enseña resistencia antes que matemáticas. Hay niños que aprenden a concentrarse entre el sudor y el sopor; maestros que dictan clase abanicándose con el mismo cuaderno donde deberían escribir el futuro. ¿Cómo se educa un pensamiento crítico en un cuerpo que solo alcanza a pensar en sobrevivir hasta el recreo?

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Sin embargo, aquí está lo disruptivo, lo que no cabe en la queja fácil: “Montería no se ha rendido al calor; ha empezado a negociar con él”. Hay quien dice que esta ciudad no le teme al fuego porque aprendió a vivir dentro de él. Las relaciones sociales se reinventan en las horas frescas: la vida comunitaria migró al atardecer; los parques se llenan cuando el sol da tregua; el río vuelve a ser lo que siempre debió ser: no paisaje, sino refugio. Entre tanto, el Sinú, testigo mudo de todo esto, sigue corriendo como si nada, indiferente a nuestras reformas horarias y a nuestras arquitecturas defensivas.

Tal vez ahí esté la lección que la ciudad todavía no termina de aprender: que no se trata de vencer al calor, sino de dejar de pelear contra el clima como si fuera un enemigo, y empezar a leerlo como lo que realmente es: un espejo que nos obliga a rediseñar, con urgencia y con belleza, la manera en que habitamos lo que nos habita.

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