Comunicar salva vidas
Por: Lorena Fortich – @lorenafortich
El terremoto de magnitud 7,4 que sacudió este lunes a Colombia volvió a recordarnos una realidad que solemos olvidar hasta que ocurre una emergencia, las comunicaciones no son solamente una herramienta para mantenernos informados. En momentos críticos, pueden convertirse en una infraestructura esencial para proteger la vida.
Mientras los organismos de socorro atienden la emergencia, las autoridades consolidan información y miles de familias intentan saber si sus seres queridos están bien, cada llamada, mensaje, publicación o dato compartido adquiere una importancia diferente. La manera como utilizamos nuestros teléfonos y redes antes, durante y después de un desastre también hace parte de nuestra capacidad de respuesta.
Por eso resulta tan pertinente el llamado que hizo la Comisión de Regulación de Comunicaciones (CRC) tras el terremoto. No se trata simplemente de una recomendación sobre cómo utilizar el celular. Detrás existe un sistema de telecomunicaciones de emergencia que establece prioridades precisamente para los momentos en que las redes son más necesarias.
Las comunicaciones relacionadas con la protección de la vida humana tienen prelación absoluta. En una emergencia, los operadores deben poner oportunamente sus redes y servicios a disposición de las autoridades y priorizar las comunicaciones necesarias para atenderla. La regulación contempla, además, mecanismos técnicos para otorgar el máximo nivel de prioridad a determinadas comunicaciones entre entidades autorizadas del Sistema Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres.
Pero hay otra disposición que nos involucra directamente como ciudadanos y que deberíamos conocer. Cuando las redes móviles presentan congestión o el servicio de voz no está disponible, la regulación establece que los operadores den prelación, de acuerdo con los recursos de red disponibles, al envío y recepción de mensajes de texto (SMS) o de mensajería instantánea. La explicación es sencilla, en una emergencia, un mensaje puede utilizar los recursos de la red de manera más eficiente que miles de llamadas simultáneas.
Nuestro primer impulso es llamar a nuestros hijos, padres, hermanos y amigos. Es completamente humano. Queremos escuchar su voz y comprobar que están bien. Pero, si estamos a salvo y no existe una situación urgente, un mensaje tan sencillo como ‘estoy bien’ puede tranquilizar a toda una familia y, al mismo tiempo, contribuir a que la capacidad disponible de las redes sea utilizada por quienes realmente necesitan pedir ayuda.
También hay algo que todos deberíamos saber, los operadores deben garantizar la comunicación con los Centros de Atención de Emergencias desde terminales habilitados. El marco colombiano contempla, además, que estos centros puedan recibir reportes no solamente mediante voz, sino también a través de otros medios, como mensajes de texto, redes sociales y aplicaciones web, de acuerdo con su implementación.
La regulación va incluso más allá. Los proveedores deben analizar la vulnerabilidad de sus redes frente a eventos naturales, adoptar medidas para reducir los riesgos y contar con planes de contingencia destinados a garantizar las comunicaciones vitales durante una emergencia y recuperar oportunamente el servicio de los usuarios. También deben implementar mecanismos para la transmisión de mensajes de alerta temprana sin costo para los ciudadanos.
Esto demuestra algo fundamental, las telecomunicaciones también son gestión del riesgo. Y nuestra responsabilidad empieza antes de que ocurra una emergencia. En familia deberíamos definir un contacto, establecer un punto de encuentro, saber cómo comunicarnos si las redes fallan, identificar las fuentes oficiales, mantener los dispositivos cargados y contar, cuando sea posible, con una batería externa.
Durante la emergencia debemos priorizar. Si estamos bien, evitar llamadas innecesariamente largas y utilizar mensajes breves puede contribuir a reducir la presión sobre las redes. Después viene, quizá, uno de los desafíos más complejos de esta época, no congestionar las comunicaciones con desinformación.
Después de un terremoto circulan fotografías, videos, audios, supuestas alertas, cifras sin confirmar y hasta predicciones de nuevos sismos. Un mensaje falso también puede hacer daño. Puede generar pánico, provocar decisiones equivocadas y dificultar el trabajo de las autoridades.
Las redes sociales nos convirtieron a todos en emisores, y ese poder implica una responsabilidad. Antes de compartir una alerta deberíamos preguntarnos ¿quién lo dice?, ¿cuándo lo dijo?, ¿puedo verificarlo en una fuente oficial?
Colombia ha avanzado enormemente en conectividad. Ahora necesitamos avanzar también en una cultura ciudadana para el uso responsable de las comunicaciones en emergencias. Porque no basta con tener redes robustas, regulación, tecnología y teléfonos inteligentes. También necesitamos ciudadanos conscientes de que, en determinadas circunstancias, la manera como utilizan esas herramientas puede ayudar a que todo el sistema responda mejor.
En una emergencia, comunicar responsablemente deja de ser solamente una buena práctica digital. Es solidaridad, prevención y corresponsabilidad. Cada llamada que evitamos cuando no es necesaria, cada mensaje que verificamos antes de compartir y cada canal que dejamos disponible para quien necesita pedir ayuda puede hacer una diferencia. Porque cuando cada segundo cuenta y una vida puede depender de que una comunicación llegue a tiempo, usar bien las comunicaciones también puede salvar vidas.