“Siento que jamás podré arrancarme ese olor a muerte”: la historia de la rescatista que desafió el horror tras los terremotos en Venezuela
Durante 18 días, Daniela Villarroel convivió con el dolor, la esperanza y la tragedia. Cada mañana se adentraba entre edificios reducidos a escombros buscando sobrevivientes; cada noche regresaba a casa con una carga que no podía quitarse con agua y jabón: el olor de la muerte.
La joven, de 28 años, suspendió temporalmente su trabajo como nutricionista para unirse a las labores de rescate tras los devastadores terremotos que golpearon el estado La Guaira, en el norte de Venezuela, donde miles de personas perdieron la vida y decenas de miles permanecen desaparecidas.
Integrante del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de la Universidad Central de Venezuela (UCV), Daniela había participado durante años en incendios, accidentes y rescates urbanos. Sin embargo, nunca había enfrentado una tragedia de esta magnitud.
“Cuando llegabas, los sobrevivientes te tomaban de la mano para llevarte hasta donde habían quedado sus familiares. Al mirar entre los escombros encontrabas escenas que nunca imaginaste ver”, recordó.

Entrar donde nadie más podía
Su contextura física fue determinante en las labores de rescate. Con apenas 1,60 metros de estatura, Daniela era una de las pocas rescatistas capaces de ingresar por estrechos túneles abiertos entre montañas de concreto.
En uno de esos operativos logró llegar hasta Gabriel, un joven de 22 años que permanecía atrapado bajo los restos de un edificio. Mientras intentaba liberarlo, él le pidió proteger las pocas pertenencias que había rescatado de su familia: el reloj de su padre, un collar de su madre y el anillo de matrimonio de su esposa embarazada, quienes murieron en el colapso.
Aquel rescate terminó con éxito y se convirtió en uno de los pocos momentos de alivio en medio de jornadas marcadas por la recuperación de cuerpos y el sufrimiento de cientos de familias.
El peso invisible de la tragedia
Con el paso de los días, el impacto emocional comenzó a hacerse más fuerte que el físico.
Antes de entrar a su casa en Caracas, Daniela dejaba las botas y el uniforme en el jardín, se limpiaba la tierra del rostro y del cabello y solo entonces saludaba a sus tres perros, Emma, Chimuelo y Sisi.
Pero había algo que no conseguía dejar atrás.
“Sentía que todo olía igual. Mi ropa, mis toallas, mis guantes… Siento que jamás voy a poder arrancarme ese olor a muerte”, confesó.
Las noches también se volvieron difíciles. Las voces de personas pidiendo ayuda bajo los escombros y el sonido de las herramientas utilizadas en los rescates seguían presentes incluso cuando intentaba dormir.
“No podía descansar, no tenía apetito y escuchaba esas voces una y otra vez”, relató.

Un recuerdo que sigue vivo
Semanas después de finalizar las labores de rescate, Daniela buscó apoyo psicológico para enfrentar las secuelas emocionales de la experiencia. Fue entonces cuando logró llorar por primera vez desde la tragedia.
Aunque reconoce que salvó vidas y acompañó a muchas familias en sus momentos más difíciles, asegura que hay un pensamiento que aún no logra abandonar.
“El sentimiento que me persigue es que pude haber hecho más”.
Mientras Venezuela intenta recuperarse de una de las mayores tragedias de los últimos años, historias como la de Daniela reflejan que las consecuencias de un desastre no solo quedan entre los escombros, sino también en la memoria de quienes arriesgaron su vida para salvar la de otros.