Lo de Aida No Fue
Por : Elvis Guerra H
A más de 20 días de haber elegido presidente de la república, es preciso realizar varias reflexiones electorales que pudieron haber incidido de manera contundente en el resultado de dicha elección. La primera de ellas es que, tal y como dije en mi columna anterior “Estamos perdiendo todos”, nos quedamos con ganas de una mayor exposición de propuestas en lo relacionado con las problemáticas; eso lo reemplazaron por insultos y acusaciones de orden incluso penal de ambas campañas.
Después de la primera vuelta, y de acuerdo con lo que se exponía en los diferentes medios y redes sociales, quedó evidenciado que en política hay estrategias que definitivamente son de un solo uso. Para la elección del ya expresidente Gustavo Petro, la mayoría de los colombianos entendió que la escogencia de Francia Márquez (un éxito en su momento) como fórmula no fue más que una estrategia de consecución de electorado de un sector importante y determinante, pero “Nunca” (palabra también usada para confundir) el reconocimiento de una clase aislada y con poca representación política. Este hecho quedó revelado de manera clarísima con el apartheid que desde el día uno vivió la vicepresidenta, lo que vendría a revictimizar a esa población y a ella misma: no tenía voz, ni voto, ni presupuesto; quedó reducida en todas las formas posibles (como profesional, como víctima, como mujer). El gobierno en pleno le manifestó de todas las formas posibles para qué se había usado.
Habiendo sido exitosa esa estrategia, el candidato Iván Cepeda acudió a aplicar aquella fórmula esperando, por supuesto, el mismo resultado un factor determinante en el voto, dado que ese cargo no es menos importante . Aquello de no tener una formación académica para cargos que tengan que ver con la administración del país ha de corregirse algún día. Mientras la otra campaña se mostraba ya más sólida en su fórmula, a Aída Quilcué Vivas ya se le estaba escondiendo y ocultando, minimizándola y evitando a toda costa que diera entrevistas; las pocas que dio no fueron lo esperado. En ese sentido, el Pacto Histórico tiene que hacer una catarsis urgente y una depuración de militantes que hacían anti-campaña abiertamente con declaraciones exacerbadas y desmedidas de poder.
En este punto se harán muchas reflexiones. Una de las más importantes, a mi juicio, la haría el hijo del expresidente Álvaro Uribe Vélez al expresar: “La humildad exige reconocer que 13 millones de compatriotas votaron por el proyecto político de Petro y que esta votación se concentra en las regiones con mayor pobreza. Como país debemos reflexionar cómo crecer más rápido la economía y cómo superar más rápido la pobreza. Nos vamos rajando en ambas asignaturas. Construye más la humildad y la empatía que el triunfalismo y la soberbia”. Y le asiste toda la razón, toda vez que el Abelardismo no existe como movimiento político; este se empezará a construir de acuerdo con su desarrollo gubernamental. De la Espriella se convirtió en el único en representar, además de los odios desmedidos y viscerales a Gustavo Petro, El capaz de corregir los errores sucesivos y sistemáticos del gobierno, representando la insatisfacción de gran parte de los colombianos (distinta a la que se refiere Tomás), añádale la implosión de la que sufre el petrismo. Aunado a todo esto, aquello que llaman “maquinaria” que lo arropó; de ello dan cuenta sus designaciones ministeriales y nombramientos.
Otra de las reflexiones más importantes es la diferencia en la motivación del voto. Y es que los perdedores, con 12.708.312 votos tal y como lo esboza Tomás lo hicieron por un candidato, un partido, un proyecto y un modelo de país (que, si es fracasado o no, es una discusión que está vigente y que no va a tener fin). Los ganadores, en cambio, son un revuelto de sentimientos y emociones ya mencionadas anteriormente, concentradas en una persona; ello no quiere decir que esté mal, finalmente el voto es decidido por varias razones personales. Otra reflexión más es que ninguno de los partidos tradicionales fue capaz de sacar un candidato propio, casi como si reconocieran sus miedos electorales. La campaña de Abelardo, para su culminación, supo leer además todos y cada uno de los errores y convertirlos en potencial electoral (discursos), y de allí su resultado.
Por ahora, debemos rodear al electo presidente en pro del país; miserable sería desearle que le vaya mal. Aquí vivimos, no tenemos vidas hechas en otras latitudes. Para ello acuño una frase de la misiva enviada por Karol G: “Ningún presidente gana cuando gana una elección. Un presidente gana cuando gana su pueblo”. Una vez el Pacto y su militancia admitan que lo de Aída no fue, lo que queda es pasar la página sin dejar de lado las nuevas realidades, como por ejemplo el espectáculo del empalme, del que dice otro expresidente, Ernesto Samper: “Resulta paradójico que el gobierno esté haciendo oposición sin haber dejado de ser gobierno y la oposición se comporte como si ya estuviera gobernando”. Es un pésimo mensaje y en tiempos en los que los odios están a la orden del día en un país que los dividió una camiseta.
Tras sobreponernos al dolor de la eliminación del mundial, hay que asumir en la vida que el “no” es una respuesta posible y que perder hace parte de las lógicas esperadas cuando te sometes a competir. Hay que notificar a algunos que la campaña acabó, rogando que el primer milagro de la patria sea que Gustavo se dedique a ser un buen expresidente: no opinando, no oponiéndose, no apareciendo, no intentando ser o poner candidatos (para esos menesteres ya nos basta con uno en ejercicio hace ya bastante. Disfrutemos estos seis meses que quedan para cantar el tuturumaina, porque acabado el año se nos vienen en Montería las elecciones, las cuales esperamos que esta vez no estén llenas de adjetivos descalificantes y estén más nutridas de realidades de barrio. También nos corresponderá escoger un concejo y una asamblea más cercanos a quienes los eligen, que hagan un control real como lo ordenan la Constitución y la ley.