Montería y el tiempo de las golondrinas
Por: Efraín Sánchez
Hay tardes en que el viento, sin que nadie lo llame, trae consigo un olor a tierra mojada, a humo de fogón y a campo recién segado. Es la misma brisa que ha viajado siempre desde el valle del Sinú, esa que parece cargar en sus alas el recuerdo entero de un pueblo que aprendió a vivir despacio, mirando el río y escuchando el silbido de los pájaros antes que el ruido de cualquier motor; por eso, quien ha nacido cerca de esas orillas, sabe que ese aire no es solo clima, también es memoria.
Pensar en la Montería de los años sesenta, es evocar una ciudad que todavía cabía en la palma de la mano, en un lugar donde las calles de arena se cruzaban entre casas de bahareque y palmas de vino, mientras la vida pública giraba alrededor de tres certezas: la gallera del barrio, la misa del domingo y la procesión que, según el santo del mes, bajaba lenta por las calles principales mientras los vecinos sacaban sillas a las puertas para verla pasar. En la gallera se jugaba más que dinero, se apostaba el honor de la finca, el nombre del criador, la reputación de un gallo fino criado a maíz y cariño; la misa en cambio, era el otro extremo del mismo pueblo: el silencio, el sombrero en la mano, las señoras con su mantilla y los niños inquietos contando los minutos para salir corriendo a jugar trompo en la plaza.
Y entre esos dos mundos, el del azar ruidoso y el del recogimiento dominical, se movía un hombre sinuano que cuidaba su pinta como quien preserva su buen nombre. El sombrero de palma, firme sobre la frente no era un simple adorno, era una carta de presentación; debido que, bajo el ala de esa prenda se reconocía al campesino orgulloso, al que sabía que un buen sombrero hablaba de él antes de que abriera la boca. Las abarcas nuevas, recién estrenadas para la ocasión y el pantalón blanco impecable completaban un uniforme silencioso de dignidad rural, ya que la fortuna no habitaba en las manos que acumulaban, sino en aquellas que, aun vacías, sabían sostener la vida con una dignidad invencible. Lo poco, llevado con orgullo, podía ser más inmenso que cualquier riqueza.
Cuando caía la noche del sábado, ese mismo hombre se transformaba. El fandango encendía la plaza con tambores y gritos que salían del pecho más que de la garganta, de esos que solo se entienden si se han bailado alguna vez bajo el cielo sinuano; de allí, la timidez del domingo se quedaba en la puerta, adentro mandaba el ritmo, el sudor y la risa. Pero quizás lo más entrañable de aquel tiempo no estaba en la fiesta ni en la misa, sino en los pequeños gestos cotidianos que el progreso sin darse cuenta fue borrando, como aquellas tardes en que las golondrinas bajaban del cielo a rozar los patios antes de que oscureciera, anunciando con su vuelo bajo que el día se despedía; al tiempo que, el cucarachero, terco y pequeño, construía su nido entre las pencas del palmar como si supiera que ese rincón sería suyo para siempre. Esas escenas, que hoy parecen insignificantes, eran en realidad el reloj natural de un pueblo que medía sus horas por el comportamiento de los pájaros y no por la inclemencia del reloj.
De toda esa vida quedó la música, hoy no existe un sinuano que no lleve por dentro un repertorio de cantos heredados como melodías que aparecen solas cuando se piensa en la tierra de uno y que parecen tener vida propia en los sueños, esas que más que canciones que llevaban el canto de los gallos, el polvo alegre de los fandangos, el vuelo errante de las golondrinas y la sombra fresca de un sombrero de palma, se convirtieron en cantares que dejaron de pertenecer a quienes las cantaban, para alojarse como un río invisible en la memoria de todo un pueblo.
Por eso, cuando alguien pregunta por qué tantos sinuanos así hayan recorrido medio mundo terminan añorando la campiña, la respuesta es sencilla: porque allí no se vivía de prisa; en vista de que, se alzaba la mirada hacia el cielo para descifrar el día, se cuidaba el gallo como un guardián del tiempo, las abarcas esperaban pacientemente la fiesta para besar la tierra y la tarde caía despacio, tan apacible como el vuelo de las golondrinas y como esa memoria que nunca termina de abandonar el alma.