En el borde de una avenida recién pavimentada de Montería, a escasos metros de un letrero que anuncia un nuevo conjunto residencial con “amenidades sostenibles”, pasta un caballo; no como una estampa bucólica ni una rareza anecdótica, sino como una imagen que condensa con más elocuencia que cualquier plan de ordenamiento territorial, la contradicción estructural que define a esta ciudad. Montería no sabe todavía qué quiere ser cuando sea grande y ese no saber, no es una actitud inocente.
La capital cordobesa fue fundada sobre una lógica ganadera y ese sentido no desapareció con el asfalto, se incrustó en su morfología urbana, en la distribución del suelo y en la forma en que se concibe el territorio; de modo que, las fincas no quedaron fuera de la ciudad cuando esta creció. En efecto, la ciudad se expandió alrededor de ellas, respetándolas, bordeándolas e incluso, evitándolas, dando como resultado una trama urbana fragmentada donde los vacíos no son accidentes del mercado, sino herencias de una cultura territorial que siempre valoró más el potrero que la plaza. Así que, Montería tiene avenidas anchas que no llevan a ningún equipamiento colectivo, lotes de una manzana entera sin edificar en pleno tejido consolidado y bordes periurbanos que no son campo ni ciudad, sino la cicatriz donde ambas lógicas se negaron a ceder.
En consecuencia, estos vacíos urbanos merecen una lectura más fina de la que reciben, porque no son simplemente tierra sin usar, se convirtieron en la evidencia más honesta de cómo funciona el poder en la ciudad; por eso hoy, cada lote baldío en el centro pertenece a una persona conocida y cada borde periurbano sin servicios tiene familias que llegaron a ocupar lo que nadie quería, precisamente porque el suelo que sí se quería nunca estuvo disponible para ellos. Bajo esta perspectiva, la dualidad de Montería no es solo estética, es distributiva debido que hay una ciudad que acumula suelo sin usarlo y otra que usa un suelo, sin poderlo acumular.
Frente a esto, la narrativa de modernización llega con renders de fachadas verdes, ciclovías y malecones renovados, y no es que mienta, es que selecciona; de ahí que, la Montería que aparece en los folletos de los nuevos proyectos es real en sus materiales pero ficticia en su representatividad, ya que muestra la ciudad que el capital quiere construir, mas no la que el territorio en su totalidad necesita. Ante esto, surge una tensión entre modernización y memoria, que no es un problema de sensibilidades nostálgicas contra futurismos optimistas, más bien, es un conflicto de fondo sobre quién tiene derecho a decidir qué se conserva, qué se transforma y, sobre todo, a quién sirve esa transformación. Por consiguiente, la estética de una capital intermedia en tránsito es precisamente esa, “ni la contundencia de una metrópoli que ya resolvió sus contradicciones ni la coherencia de un pueblo que todavía vive dentro de una sola lógica”.
Cabe destacar que, el imaginario ganadero dejó en Montería algo más profundo que el caballo en el borde de la avenida, expuso una cultura hacia el territorio como recurso extractivo, no como bien común; por tanto, el suelo se heredó, se especuló y se cercó antes de que la ciudad tuviera instrumentos para gestionarlo colectivamente. Por eso hoy, cuando esos instrumentos existen en los planes de ordenamiento, plusvalías y cargas urbanísticas, su aplicación real sigue la lógica de siempre.
Finalmente, Montería puede elegir ser una ciudad sostenible o puede seguir siendo una ciudad que usa ese adjetivo como decoración, porque la diferencia no está en la cantidad de árboles que plante en sus nuevas urbanizaciones, ni en los kilómetros de ciclovía que inaugure; está, en hacerle una pregunta honesta a su propio suelo: ¿ quién lo necesita y qué le debe la ciudad a quienes lo han habitado sin nunca haberlo poseído?
Mientras esa pregunta no tenga una respuesta institucional, el caballo en el borde de la avenida seguirá siendo el símbolo más preciso de lo que somos: una ciudad que avanza sin haber decidido de qué se despide.