LA CIUDAD QUE CRUZÓ EL RÍO Y NO MIRÓ ATRÁS
Por: Efraín de Jesús Hernández Buelvas
La ferretería de don Aurelio lleva cuarenta y dos años en la misma esquina del centro de Montería, a solo dos cuadras del parque Simón Bolívar. Antes, los sábados había que llegar temprano porque los clientes se amontonaban; hoy, en cambio, a las diez de la mañana, Aurelio reorganiza tornillos que nadie llega a comprar, porque “la gente se fue para el otro lado y los negocios se fueron detrás de la gente”—dice sin amargura.
El “otro lado” es la margen izquierda del Sinú, lo que durante décadas fue periferia ganadera, caminos destapados y urbanizaciones de invasión, es hoy uno de los territorio más codiciados de la ciudad, donde se levantan centros comerciales, clínicas y conjuntos cerrados con piscina y portería las veinticuatro horas; mientras tanto, la infraestructura vial que conecta estos nuevos enclaves avanza a una velocidad tal que los planes de ordenamiento territorial solo alcanzan a observarla desde atrás, tomando nota. De modo que, el corazón urbano de Montería no desapareció: simplemente cruzó el río, encontró suelos más baratos, más disponibles y, sobre todo, más dispuestos a dejarse moldear por el capital.
El fenómeno tiene una lógica implacable: cuando el centro histórico se saturó y los predios se fragmentaron algunos por herencias, la inversión tuvo que buscar otro lugar donde moverse con libertad y fue así, como la margen izquierda ofreció lotes grandes, títulos y una clase media en ascenso hambrienta de modernidad; de todo ello, resulta una ciudad que crece como lo hacen muchas urbes latinoamericanas, hacia afuera, hacia arriba en los folletos de los constructores, pero también hacia la desigualdad en los mapas que nadie publica.
Lo que no aparece en los renders de los nuevos proyectos es lo que queda entre la centralidad que se va y la que llega, por eso algunos barrios de la ciudad que funcionaron durante décadas como zonas de transición, hoy enfrentan una paradoja brutal al estár físicamente cerca de la nueva expansión, pero socialmente excluidos de ella. A su vez, esta realidad promueve un contexto donde la valorización del suelo los presiona sin incluirlos, mientras que sus habitantes, ven cómo los predios del vecindario suben de precio al tiempo que sus condiciones de vida no aumentan al mismo nivel. Esto no se constituye como desarrollo urbano, sino como un desplazamiento sin decreto.
Hoy, la nueva Montería tiene avenidas bien trazadas, rotondas con materas y centros de entretenimiento donde las familias pasan los domingos, todo eso es real y tiene valor; sin embrago, una ciudad que construye centralidades para una parte de sus ciudadanos y periferias dormitorio para el resto no está creciendo: está segregándose con buena iluminación. Por esta razón, don Aurelio no piensa mudarse, dice que “el local es de él, heredado, y que mientras pueda pagar los servicios, ahí estará”, baja su mirada y reorganiza otra vez los tornillos, a la vez que afuera por la carrera primera, pasa un camión cargado de varillas con destino a alguna obra nueva que crece al otro lado del puente. Mientras tanto, el río sigue ahí: en el medio, ancho y majestuoso, indiferente a cuál de sus orillas decide llamarse ciudad.