El próximo domingo no amanecerá igual en todos los rincones del país. Mientras en algunos lugares la vida retomará su curso tras la jornada electoral, en otros la prioridad seguirá siendo sobrevivir con lo poco que quedó, sostenidos por la solidaridad de muchos.
La otra abstención
Hay familias que no podrán ir a votar. No por apatía ni desinterés, sino porque la emergencia llegó antes que la democracia. Las inundaciones no solo arrasaron con viviendas, pertenencias y cultivos; también se llevaron documentos esenciales. Muchas cédulas quedaron bajo el agua, se extraviaron entre el lodo o desaparecieron junto con lo que fue arrastrado por la corriente, dejando a sus dueños sin la posibilidad siquiera de identificarse para ejercer su derecho.
Para quien lo perdió todo —casa, ropa, recuerdos y hasta su documento de identidad— el debate político suena distante.
Surge entonces una paradoja dolorosa: quienes más necesitan decisiones públicas eficaces son, muchas veces, quienes menos pueden hacerse oír en las urnas. La distancia entre el tarjetón y el territorio se vuelve evidente cuando llegar a un puesto de votación implica atravesar lodo, caminos destruidos o abandonar lo poco que aún queda para hacer una fila.
Hoy, más que cuestionar la abstención en las zonas afectadas, habría que preguntarse qué tan preparado está el Estado para garantizar que ninguna emergencia silencie la voz de sus ciudadanos. Porque cuando el agua sube, la participación no debería hundirse.
Que el próximo domingo, día electoral no sea solo un conteo de votos, sino también un recordatorio de las ausencias: de quienes no llegarán a las urnas no por indiferencia, sino porque estarán luchando por sostener lo poco que la emergencia no se llevó.
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