Opinión

Alcohol, cultura y accidentes: Un guayabo que sale caro

Nuestro Caribe colombiano, tierra de ritmos contagiosos, playas de ensueño y, cómo no, celebraciones que parecen no tener fin. Aquí, el brindis es casi un saludo oficial, y el ron, la cerveza, el aguardiente, el tequila y el whiskey fluyen con la misma naturalidad que el río Sinú. Pero, como médico y amante de nuestra cultura, me preocupa cómo el consumo de alcohol nos está dejando un guayabo adicional al de la fiesta.

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En nuestra región, el consumo de alcohol es casi un rito. Desde los fandangos, pasando por las parrandas vallenatas y los carnavales, hasta una animada reunión en un bar, tienda o terraza, el licor es el invitado que nunca falta. Sin embargo, esta relación tan cercana ha llevado a que el consumo en exceso se normalice, y lo que comienza como una celebración puede terminar en tragedia.

Tradicionalmente, el consumo de alcohol se ha asociado más con los hombres. Pero, en los últimos años, las mujeres han levantado sus copas con mayor frecuencia. Ya en 2011 un estudio realizado en Cartagena demostró que la prevalencia de consumo de alcohol al menos una vez por semana en mujeres era del 5,6%, mientras que en hombres era del 14,5%. Una década atrás, el porcentaje de mujeres no pasaba del 3%, y no hay razones para suponer o pensar que ese porcentaje ha disminuido o se haya quedado estático. Aunque la cifra femenina es menor, el incremento es notable y preocupante. Es esencial reconocer que el abuso de alcohol no discrimina género y que todos estamos expuestos a sus consecuencias.

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Según datos del Observatorio Nacional de Seguridad Vial, en Córdoba, durante los últimos 4 años tuvimos 292 muertes por accidentes de tránsito, en el 22.9% de las víctimas se determinó algún grado de embriaguez, y durante el mismo periodo tuvimos 245 lesionados en dichos accidentes, con un 30.6% de víctimas relacionadas con el consumo de alcohol. Más del 80% de las muertes y lesiones tuvieron a motociclistas como actores viales. El comportamiento del consumo de alcohol asociado a otros indicadores de desempeño en seguridad vial como el no uso o mal uso de cascos, tanto en conductores como acompañantes, la desobediencia de señales de tránsito, el exceso de velocidad y no mantener distancias terminan por fabricar el coctel de causas que determinan las muertes en las vías del departamento.

Si bien no todos los accidentes que ocurren están relacionados con el alcohol, ya vemos que una proporción significativa sí lo está y especialmente entre los jóvenes. El maridaje entre alcohol y gasolina ha demostrado ser letal.

Cuando un accidente de tránsito no termina en muerte, muchas veces deja una factura médica y emocional difícil de pagar. En Urgencias, los pacientes llegan con traumatismos severos que requieren atención inmediata, desde reanimación hasta cirugías complejas. Las unidades de cuidados intensivos (UCI) se llenan de víctimas con traumatismos craneoencefálicos (TCE) severos, contusiones pulmonares y hemorragias internas que ponen en jaque su pronóstico vital. Además, las hospitalizaciones prolongadas no solo significan días de recuperación, sino meses o años de rehabilitación para quienes logran sobrevivir.

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Las cirugías más frecuentes en estos casos incluyen el control de daño con laparotomías o toracotomías para manejar lesiones y hemorragias internas, osteosíntesis de fracturas de fémur, tibia y húmero, además de procedimientos de neurocirugía como craniectomías descompresivas para aliviar la presión cerebral tras un TCE. Pero más allá del quirófano, las secuelas son devastadoras: pérdida de movilidad, amputaciones, déficits cognitivos y alteraciones del habla o la memoria. Muchas de estas víctimas quedan con discapacidades permanentes que cambian no solo su vida, sino también la de sus familias, quienes deben asumir el cuidado y los costos de la rehabilitación. Un par de tragos de más pueden parecer inofensivos en la fiesta, pero en la carretera, pueden significar morir o una condena de por vida.

Las secuelas no son solo físicas; el impacto en la salud mental es profundo y muchas veces invisible hasta que estalla. La depresión, la ansiedad y el estrés postraumático son comunes tanto en las víctimas como en sus familias. Un joven que antes era independiente y productivo puede quedar con una discapacidad que le impida trabajar, estudiar o incluso realizar actividades básicas sin ayuda. Esto no solo significa una pérdida de años de vida productiva, sino una carga económica y emocional para los cuidadores, quienes en ocasiones deben abandonar sus empleos o reducir su jornada laboral para atender a su ser querido. En el hogar, los roles cambian drásticamente, y el estrés puede fracturar relaciones, aumentar la tensión familiar y generar aislamiento social. Además, el impacto se extiende a la comunidad: el sistema de salud asume altos costos en hospitalizaciones, cirugías y rehabilitación, y las empresas pierden talento humano que en otras circunstancias seguiría aportando a la sociedad. Un accidente por alcohol no solo destruye una vida, sino que sacude todo un entorno, dejando cicatrices que van mucho más allá de la víctima directa.

Con exponer esto no trato de demonizar nuestras tradiciones ni de prohibir el brindis en las celebraciones. Se trata de fomentar una cultura de consumo responsable, donde la diversión no se traduzca en riesgo. Recordemos que, después de la fiesta, la vida continúa, y es nuestro deber asegurarnos de que todos lleguemos sanos y salvos a casa.

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Por: José J. Vergara Díaz, MD.

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