Elogio y sospecha del andén ancho
Por : Efrain Hernández
Toda época urbana tiene su dogma. El siglo XX levantó altares al automóvil: avenidas anchas, glorietas, viaductos, la ciudad entendida como un problema de flujo. El nuestro ha decidido enmendar ese exceso con una consigna que suena irreprochable: estrechar la calzada, ensanchar el andén y devolverle la ciudad al peatón. Pocas ideas reúnen hoy tanto consenso, y precisamente por eso conviene mirarla con un poco de sospecha.
No porque sea falsa. Una calle angosta obliga a frenar, reduce la letalidad del tránsito y hace que desplazarse se parezca más a la vida que a la logística. El reparo es otro: hemos convertido el andén en un fin, cuando apenas es una condición, y las condiciones, por sí solas, no producen caminantes.
Montería lo sabe bien, porque hubo un tiempo en que caminaba sin que nadie se lo pidiera. En el centro de antes, las calles eran anchas y el andén era una prolongación de la casa. Al caer la tarde, cuando el sol aflojaba y entraba la brisa del Sinú, las familias sacaban las mecedoras a la puerta y la vida se mudaba afuera: se conversaba de un andén a otro, los niños jugaban en la calle, pasaban el vendedor de bollos y el de raspao, y el vecino que volvía del trabajo se detenía a saludar. Nadie había diseñado ese andén para el encuentro. El encuentro ocurría porque allí vivía la gente.
La Montería de hoy ofrece un caso casi de laboratorio. La ciudad que sorprendió al país con la Ronda del Sinú hizo del espacio público su relato de modernidad. Hace casi una década se contabilizaban más de 50 kilómetros de vías y 150 mil metros cuadrados de andenes y espacio público, y el sistema de transporte Montería Amable proyectaba 33 kilómetros de vías nuevas y cerca de 123 mil metros cuadrados de andenes. La fórmula se sigue replicando: este año, en La Pradera, se entregó una vía de seis metros de calzada con andén tipo ronda a ambos lados. Basta, sin embargo, recorrer esos andenes a media tarde para advertir la paradoja.
Lucen amplios y bien terminados, pero con frecuencia están vacíos, o apenas los ocupan algunas motos estacionadas. El peatón, cuando aparece, busca la franja de sombra de un alero y abandona el centro del andén, que el sol cordobés vuelve inhabitable. Tenemos el escenario, pero la obra no empieza.
La explicación no está en el concreto, sino en lo que lo rodea. La ciudad creció hacia afuera, y con ella cambiaron las costumbres: la vida que antes transcurría en la terraza se fue a espacios cerrados, frescos y más lejanos, a los que se llega en moto o en carro. El corazón tradicional, mientras tanto, se fue apagando. Si décadas atrás allí vivía el 90% de la población, hoy el centro se queda en silencio después de las seis de la tarde. Un andén sin vecinos es una metáfora sin referente.
Luego está la moto, que se volvió la manera monteriana de moverse. Ya en 2010 un estudio registraba que los mototaxistas habían pasado de 3.750 a 8.000, y la evaluación del propio sistema estratégico reconocía que, frente a la agilidad del mototaxi, el transporte público se percibía como ineficiente. Donde el bus tarda, nadie camina hasta el paradero: se levanta la mano en la esquina. Y el andén, sin proponérselo, termina convertido en bahía.
En el andén, además, se gana la vida. Siempre ha sido así en Montería: el que vende fritos en la esquina, el que arregla zapatos bajo un almendro, la señora que saca la mesa de dulces frente a su casa. Seis de cada diez empleos en la ciudad son informales, y para muchos el andén es su lugar de trabajo. Ordenarlo sin entender eso es quitarle a la calle una parte de lo que la hace viva.
Nada de esto invalida la intuición original. La Ronda del Sinú demuestra que los monterianos siguen caminando, y con gusto, cuando el espacio ofrece río, brisa, sombra densa y una razón para quedarse. En cierto modo, la Ronda recuperó lo que tenían las calles de antes: el árbol antes que el adoquín, el encuentro antes que la vitrina, la tarde como motivo para salir y la tranquilidad de volver a pie cuando ya ha oscurecido. Su lección va más allá del diseño de un andén: habla de una forma de vivir la ciudad.
El urbanismo de hoy corre el riesgo de confundir el signo con la cosa, de creer que basta con dibujar la ciudad caminable para que la ciudad camine. Pero caminar depende de las distancias, de la sombra y el calor, de la costumbre y de tener a alguien a quien saludar en el camino, y nada de eso se decreta con una sección vial.
Quizá la pregunta que Montería debería hacerse no sea cuántos metros cuadrados de andén entregará en los próximos años, sino otra más íntima: ¿para quién los estamos construyendo y qué haría falta para que esa persona vuelva a sacar la mecedora a la puerta? Por ahora, la ciudad ensancha sus aceras y espera, como quien arregla la casa para una visita, a que regresen los caminantes.