¿Campesino pobre o campesino rico, qué queremos?
Como cualquier otro empresario, el productor rural no escapa a su función social y económica primordial: generar riqueza y rentabilidad para su propio disfrute y el de su familia. Esta riqueza se construye apostando por el cultivo que ofrezca el mayor margen de ganancia, y esto solo se logra leyendo los factores determinantes de la naturaleza y manejando eficientemente los limitantes del hombre. El producto de este empresario no necesariamente tiene por qué consumirse en el mercado interno.
Si el producto que le genera más rentabilidad al campesino es de exportación, las utilidades obtenidas de esta exportación pueden servir perfectamente para importar aquello que el productor necesite consumir.
Esta reflexión surge a raíz de la propuesta lanzada por el ministro Dangond sobre la reconversión de cultivos de arroz hacia el marañón, una iniciativa que debió hacerse extensiva también a los maiceros para abrir definitivamente la puerta a alternativas como la palma de aceite, el coco, las frutas ecuatoriales o la ganadería regenerativa en asociación con estos cultivos, que si bien no son altamente consumidas en el país, sí generan riqueza para el campesino o empresario del campo al ser exportadas.
Lo cierto es que, bajo el modelo de una economía abierta, no podemos condenar a nuestros campesinos y empresarios del campo a la pobreza perpetua utilizando el manido discurso de la soberanía y la seguridad alimentaria. Dicha soberanía y seguridad solo se alcanzan de una manera real: cuando tenemos el bolsillo lleno.
El campesino lo llena con su negocio independiente. Así como al citadino no se le exige garantizar la seguridad de su alimento, y así como el industrial, el prestador de servicios o el trabajador de la informática están libres de esa responsabilidad, dejemos libre también a nuestro empresario del campo para que invierta en el negocio que más le genere riqueza y comodidad.