La ciudad donde el progreso tarda 45 minutos
En Montería, la pregunta más honesta sobre el progreso no se hace en un foro ni en un consejo de gobierno. Se formula a las seis de la mañana, en una esquina de la margen izquierda, cuando un trabajador mira el reloj, calcula cuánto tarda el bus que no llega y termina subiéndose a una moto. Esa escena, repetida miles de veces cada día, dice más de la ciudad que cualquier valla institucional.
El Sistema Estratégico de Transporte Público de Montería empezó a diseñarse en 2009 y diecisiete años después, la ciudad sigue esperando que funcione como se prometió.
El propio alcalde, Hugo Kerguelén, calculó que hacen falta unos 160 buses para cubrir barrios, corregimientos y veredas. La flota que circula está envejecida y el operador llegó a advertir que había retirado cerca del 40 % de sus vehículos, con esperas de hasta 45 minutos en algunas rutas; además, los primeros veinte buses eléctricos fueron anunciados para noviembre de este año.
También para noviembre está anunciado Businú, el primer sistema de transporte público fluvial del país, el cual debía arrancar en el primer trimestre de 2026; luego en julio; ahora, tras cambiar motores e instalar más aire acondicionado, iniciará una operación experimental gratuita de cinco meses. Dos embarcaciones, tres embarcaderos, 38 pasajeros por viaje. Es una propuesta que invita a soñar, que reconcilia a la ciudad con su río; pero que conviene mirar la proporción: en la margen occidental viven unas 78.000 personas y muchas tardan más de una hora en atravesar la ciudad.
Mientras tanto, el vacío lo llena el mototaxismo. No es una anomalía cultural ni una falta de civismo, como suele decirse desde los márgenes por donde camina la ciudad, es la respuesta racional de una población a la que el sistema formal no le resolvió la vida; al tiempo que, este oficio se convirtió en el empleo de miles de hombres que no encontraron otra oportunidad laboral. Montería se mueve en moto, porque la ciudad planificada nunca llegó a tiempo.
Aquí está la contradicción de fondo. Hemos aprendido a confundir el progreso con el anuncio: la primera piedra, el render, la “primera ciudad del país en…”. El progreso como vitrina; sin embargo, una ciudad no avanza por lo que inaugura, sino por lo que hace posible en la vida corriente de su gente. Llegar al trabajo sin un riesgo inminente. Volver a casa de noche sin pagar el doble. Que un estudiante de un corregimiento no tenga que elegir entre el pasaje y el almuerzo.
Henri Lefebvre llamó a esto el derecho a la ciudad: no el derecho a mirarla desde lejos, sino a habitarla, recorrerla y participar de lo que ofrece, hoy, un transporte público que no existe, o que no alcanza, es una forma silenciosa de expulsión. El centro, la universidad, el hospital y el empleo quedan cerca solo para quien puede pagar la distancia. Por otra parte, Iván Illich advirtió hace medio siglo que la velocidad, mal repartida, fabrica desigualdad: unos ganan tiempo y otros lo pierden. En Montería, el tiempo es la moneda más injusta.
Nada de esto es un reproche a la innovación. Bienvenidos los buses eléctricos y bienvenido Businú, si llegan y si funcionan. El problema es el orden de las prioridades. Una ciudad que estrena barcos con aire acondicionado mientras su red de buses se desgasta corre el riesgo de construir postales en lugar de sistemas. Lo que Montería requiere es menos pirotecnia y más cronogramas cumplidos. Necesita una flota suficiente y rutas que lleguen a todos los barrios y a los corregimientos. Demanda frecuencias que respeten el tiempo del trabajador y a su vez reclama, una política para el mototaxismo que no se reduzca a la persecución, porque detrás de cada moto hay una familia que depende de ella.
El verdadero progreso de esta ciudad no se medirá el día del corte de cinta. Se pondrá a prueba una madrugada cualquiera, en esa misma esquina, cuando el trabajador mire el reloj y el bus llegue a tiempo. Cuando el progreso ya no tarde 45 minutos en llegar, Montería sabrá que algo, por fin, ha comenzado a cambiar.