El Niño nos está haciendo una advertencia
Por: Sofía Esteban de León
Hay advertencias que llegan como una noticia y otras que deberían llegar como una obligación.
El llamado de la Corporación Autónoma Regional de los Valles del Sinú y del San Jorge, CVS, a los cordobeses para ahorrar agua, evitar las quemas y proteger los bosques, ríos, ciénagas y demás fuentes hídricas no debería pasar por nuestras pantallas como una recomendación más de temporada.
Debería provocar una pregunta mucho más ardua: ¿Qué tan preparados estamos realmente para enfrentar un periodo de sequía, altas temperaturas y presión sobre nuestras fuentes de agua?
Porque el problema no empieza cuando el río baja. Tampoco cuando un acueducto tiene dificultades para garantizar el servicio. Ni cuando aparecen los primeros incendios de cobertura vegetal. Para ese momento, buena parte del problema ya estará sobre nosotros.
El indiscutible desafío consiste en prepararnos cuando todavía tenemos tiempo. Y Córdoba necesita hacerlo.
El fenómeno de El Niño nos recuerda algo que durante demasiado tiempo hemos preferido ignorar: Nuestra relación con el agua sigue siendo profundamente contradictoria. Dependemos de ella para prácticamente todo, pero con frecuencia actuamos como si fuera un recurso inagotable.
Abrimos la llave y damos por hecho que el agua estará allí mañana. La utilizamos para actividades que podrían hacerse con mucha mayor eficiencia.
Permitimos fugas, contaminamos fuentes, degradamos ecosistemas, toleramos quemas. Y después, cuando llega la escasez, descubrimos de repente que el agua tiene un valor que siempre tuvo. Ese comportamiento debe cambiar.
Pero hay algo más importante: La responsabilidad no puede trasladarse exclusivamente al ciudadano. Decirle a la gente que ahorre agua es necesario. Decirle que no haga quemas es necesario. Pedirle que reporte incendios también lo es. Pero una verdadera política de prevención exige mucho más.
Exige vigilancia sobre las fuentes hídricas. Exige planes de contingencia actualizados. Exige capacidad de respuesta de los organismos de socorro. Exige coordinación entre municipios, Gobernación, autoridad ambiental y empresas de servicios públicos. Exige información pública clara y oportuna.
Y exige preguntarnos qué estamos haciendo para proteger las fuentes que abastecen a nuestras comunidades, no solamente durante una emergencia, sino durante todo el año, siempre.
Porque hay una diferencia enorme entre administrar una crisis y prevenirla.
En Córdoba tenemos una enorme riqueza hídrica. El Sinú, el San Jorge, sus ciénagas, humedales, caños y demás ecosistemas hacen parte de una estructura natural que sostiene buena parte de nuestra vida económica y social.
Sin embargo, esa riqueza puede producir una peligrosa sensación de abundancia, porque tener agua no significa que podamos desperdiciarla.
Tener ríos no significa que podamos contaminarlos.
Tener florestas no significa que podamos quemarlas.
Tener humedales no significa que podamos permitir que sean degradados.
La naturaleza también tiene límites. Y cuando esos límites se cruzan, la factura no llega solamente al medio ambiente. Llega al agricultor, al ganadero, al pescador, al comerciante, a las familias, a los municipios y, finalmente, a todos.
Por eso resulta insuficiente hablar de El Niño únicamente como un fenómeno meteorológico. También es una prueba de nuestra capacidad institucional y de nuestra cultura ciudadana. Porque una publicación en redes sociales puede generar conciencia durante unos minutos. Pero la prevención verdadera se construye con educación, planificación, vigilancia, inversión y continuidad. Mucha continuidad.
Tratemos de entender que prepararnos a tiempo es precisamente la manera más responsable de evitar que una situación climática se transforme en una emergencia social, y que hay una responsabilidad que no podemos delegar: la nuestra.