El enemigo no estaba afuera, estaba en el espejo
Por: Jesús Mora Díaz
Los griegos tenían una máxima que sobrevivió al paso de los siglos: conócete a ti mismo. Aquella inscripción del templo de Apolo en Delfos no era un ejercicio de vanidad intelectual; era una advertencia. Los pueblos, los líderes y las instituciones que pierden la capacidad de mirarse con honestidad terminan derrotados no por sus adversarios, sino por sus propias contradicciones.
Mientras el país enfrenta una crisis de seguridad, un sistema de salud al borde del colapso, una economía que reclama confianza y un gobierno que sigue impulsando reformas profundamente controvertidas, el Centro Democrático terminó consumiendo buena parte de su agenda en una discusión que, aunque legítima, nunca debió convertirse en el centro de la agenda: demostrar quién representa la derecha “auténtica”.
No porque el debate ideológico carezca de importancia. Los partidos necesitan principios, identidad y una visión clara del país que quieren construir. Pero la política deja de ser útil cuando convierte la identidad en un fin y no en un instrumento para transformar la realidad.
La ciudadanía no vota para que un partido gane un concurso de ortodoxia. Vota esperando que alguien defienda su seguridad, su bolsillo, su libertad y sus oportunidades.
Paradójicamente, mientras esa discusión ocupaba titulares y redes sociales, varios dirigentes del partido adelantaban iniciativas de enorme impacto. Demandas para frenar excesos presupuestales del Gobierno, proyectos para desmontar la fracasada Paz Total, propuestas para rescatar el sistema de salud, fortalecer la seguridad ciudadana y acabar con abusos que afectan diariamente a millones de colombianos.
Ahí estaba la verdadera agenda.Sin embargo, fue eclipsada por una conversación que terminó beneficiando más a los adversarios que al propio partido.
Toda organización política necesita hacer autocrítica. Pero la autocrítica no consiste en buscar culpables permanentes ni en abrir procesos inquisitoriales para definir quién es más puro que el otro. Consiste en corregir el rumbo.
Y cuando el adversario logra que un partido hable más de sí mismo que de los problemas del país, ese partido empieza a perder la iniciativa.
El Centro Democrático nació para representar una forma de gobernar y ejercer oposición democrática. Su fortaleza nunca estuvo en demostrar quién podía citar más autores, sino en conectar principios con soluciones concretas para los colombianos.
La mejor defensa de unas ideas no consiste en repetirlas entre convencidos, sino en convertirlas en resultados visibles para quienes aún dudan.
Hoy la hoja de ruta parece evidente. Volver a poner en el centro la seguridad, la generación de empleo, el crecimiento económico, la salud, la lucha contra la corrupción y la defensa de las instituciones. Hablarle más al ciudadano que al militante. Construir mayorías sin renunciar a los principios. Recuperar la capacidad de fijar la agenda nacional en lugar de reaccionar a debates que otros imponen.
Las diferencias internas existen en todos los partidos. Lo importante es que no se conviertan en el principal producto político que la ciudadanía recibe.
Quizá el adversario más difícil que ha enfrentado el Centro Democrático no ha sido el Pacto Histórico. Quizá, por momentos, ha estado reflejado en el espejo.
Y reconocerlo puede ser el primer paso para volver a caminar en la dirección correcta.