Cuando Montería cambia de piel: el precio invisible del progreso
Por: Efraín Hernández
A orillas del río Sinú, Montería exhibe hoy dos rostros que conviven con una tensión silenciosa pero constante; por un lado, la capital de Córdoba se ha convertido en la vitrina de un urbanismo pujante con edificios de vidrio, corredores viales renovados, parques ecológicos premiados internacionalmente y un discurso institucional que la presenta como “la ciudad verde de Colombia”. Por otra parte, en cada esquina de su centro histórico y en los márgenes de sus avenidas modernas, sobrevive una economía que no aparece en los folletos turísticos, la de los vendedores ambulantes, los mototaxistas, las lavanderas de ropa ajena y los pescadores artesanales que aún faenan en el Sinú como lo hicieron sus abuelos.
En las últimas dos décadas, la ciudad ha sido reconocida internacionalmente por sus políticas de espacio público y sostenibilidad urbana. El Parque Ronda del Sinú, los puentes peatonales y los carriles exclusivos para bicicletas son símbolos de una administración que ha apostado por proyectar una imagen de modernidad y planificación; asimismo, los Centros comerciales, cadenas de comida rápida y edificios de apartamentos con vistas al río han transformado el perfil de una ciudad que, hasta hace pocos años, era conocida sobre todo por su vocación ganadera. En consecuencia, esta transformación ha traído consigo inversión, turismo y una clase media que consume la ciudad de una manera distinta a la de sus padres; pero también, ha generado un contraste que salta a la vista para cualquier visitante: la brecha entre quienes participan de esa modernidad y quienes día a día, sostienen la ciudad desde la informalidad.
Según cifras del DANE, la precariedad laboral en las principales ciudades de la región Caribe supera con frecuencia el 50% y Montería no es la excepción; por eso hoy, miles de personas encuentran en el comercio callejero, el transporte informal o los oficios domésticos su única fuente de ingreso. Son ellos quienes, muchas veces, hacen posible el funcionamiento cotidiano de la ciudad moderna, porque día a día transportan mercancías, cocinan para los trabajadores de oficina, cuidan carros frente a los centros comerciales o venden fruta picada en las mismas rondas ecológicas que la alcaldía exhibe como logro urbanístico.
En las afuera de Mocarí, Doña Rosa, vendedora de bollo de mazorca desde hace más de treinta años resume esta paradoja con una frase sencilla: “Uno ve que la ciudad crece, que ponen luces bonitas y parques, pero uno sigue vendiendo igual que siempre, sin seguro, sin nada”. Su testimonio cuestionando un océano silencioso, no es aislado, ya que decenas de comerciantes informales relatan cómo los operativos de espacio público pensados para modernizar la imagen urbana, muchas veces los desplazan sin ofrecerles alternativas reales de reubicación o formalización.
Cabe destacar que, este contraste no es exclusivo de Montería, pero aquí adquiere un matiz particular por la velocidad del cambio. La ciudad ha crecido de forma acelerada en infraestructura, pero las políticas de generación de empleo formal no han avanzado al mismo ritmo; conforme a lo expuesto, economistas locales señalan que buena parte del crecimiento del PIB regional se concentra en sectores como la construcción y los servicios, dejando rezagados a los oficios tradicionales que antes sostenían la economía familiar cordobesa, como lo fue la pesca artesanal, la talabartería y el trabajo agropecuario de pequeña escala. Mientras tanto, jóvenes monterianos migran hacia la modernidad digital, trabajan como repartidores de aplicaciones, gestionan pequeños negocios en redes sociales o se emplean en call centers, una forma distinta de informalidad, menos visible pero igualmente marginada.
Asimismo, especialistas en desarrollo urbano coinciden en que el verdadero desafío para esta urbe no es dejar de modernizarse, sino hacerlo sin excluir a quienes han sostenido su economía informalmente durante generaciones; de modo que, programas de formalización, capacitación técnica y acceso a crédito para pequeños comerciantes podrían tender un puente entre ambos mundos. Hoy entonces, no es Montería solo una ciudad de contrastes fotogénicos entre rascacielos y carretas de fruta; más bien es, un laboratorio vivo de cómo América Latina intenta modernizarse sin perder de vista a quienes con sus manos y su trabajo cotidiano, siguen siendo el verdadero motor de la vida urbana.