Opinión

Montería está perdiendo la sombra, antes que sus árboles

Por : Efraín Hernández

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Hay una forma de morir que no se nota de inmediato, pero que con el tiempo se convierte en una metáfora en donde las ciudades siguen teniendo árboles, aunque ya no tienen sombras y Montería camina por ese filo sutil donde el crecimiento continúa, mientras la posibilidad de detenerse, conversar y habitar el espacio público comienza a desvanecerse bajo un sol que ya no encuentra dónde descansar. Se habla mucho de sembrar y reforestar metros cuadrados de zona verde por habitantes; sin embargo, casi nadie habla de lo que de verdad se está perdiendo, algo que no es solamente vegetación, sino un patrimonio invisible que se vislumbra como un techo natural que durante generaciones organizó la vida del Caribe, “la sombra”, que no es un efecto secundario del árbol es en sí misma, más bien, es una herencia que se perpetúa sin necesidad de testamentos.

En Montería, la sombra siempre ha sido más que un alivio térmico, hasta el punto de convertirse en infraestructura social; por ello, debajo de un totumo, matarratón o almendro creciendo terco en una acera angosta, se sostuvo durante décadas la vida del barrio. En las tardes, las señoras sacaban sus mecedoras, un juego de dominó golpeaba la mesa de madera, al tiempo que los niños jugaban fútbol con una pelota desinflada o de pasta, mientras alguien vigilaba desde el andén todo, porque la sombra producía conversación, permanencia y comercio informal; por otra parte, se observaba la señora de las frutas, el carrito de raspao y el zapatero remendón, como fruto de una sombra hospitalaria, que convertía cada rincón en un lugar donde valía la pena quedarse.

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De allí surge la clave que casi nadie nombra, una ciudad no se vuelve inhabitable cuando pierde sus árboles, sino cuando se disipan los lugares donde era posible detenerse; de modo que, se puede tener arborización en el papel, plan maestro, metas de siembra, cifras para el informe de gestión y al mismo tiempo, tener calles que ya nadie puede caminar entre las diez de la mañana y las cuatro de la tarde, porque un árbol tarda veinte años en dar sombra útil. En consecuencia, la sombra que existía tardó generaciones en tejerse con la forma de la calle, el ancho del andén y la orientación de las fachadas, por eso cuando se tumba un árbol adulto para ensanchar una vía o levantar un edificio, no se pierde solamente madera, también un microclima social que no se resuelve sembrando un arbolito nuevo al lado.

Aquí aparece la pregunta que debería estar en el centro de cualquier discusión urbanística seria: ¿Montería diseña espacios para caminar o únicamente para atravesarlos? Existe una diferencia enorme entre una ciudad pensada para el tránsito y otra para la permanencia; en este sentido, las avenidas anchas, andenes reducidos a franjas de cemento sin un punto de descanso y las plazas duras sin un solo árbol capaz de dar sombra digna al mediodía, son espacios diseñados para pasar rápido, no para quedarse. En la Montería contemporánea, se está midiendo el éxito urbano en carriles y en velocidad, mas no, en la cantidad de bancas ocupadas a las tres de la tarde, ni en el número de vendedores que logran sobrevivir un día entero bajo un mismo árbol.

Una ciudad cálida no se mide en grados, sino en la cantidad de lugares donde todavía es posible detenerse, esta frase debería estar enmarcada en cada oficina de planeación municipal, justo encima del escritorio donde se firman las licencias de tala controlada; toda vez que, el verdadero indicador de calidad urbana no es cuántos grados marca el termómetro a mediodía, antes bien, cuántos sitios existen todavía donde un cuerpo pueda parar, sentarse, esperar, conversar, sin sentir que la ciudad lo está expulsando hacia la próxima esquina con aire acondicionado.

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En efecto, recuperar la sombra como categoría de diseño urbano no es un capricho estético ni una nostalgia de un pueblo grande, es entender que el urbanismo del Caribe tiene una lógica propia donde no se diseña para el sol, se diseña primero contra él. En virtud de ello, los pórticos, aleros anchos, árboles de copa extendida sembrados donde de verdad importan, sobre la plaza y en la cancha del barrio, no son adornos; por tal motivo, son la diferencia entre una infancia que juega en la calle y una infancia encerrada, entre un comercio que respira y uno que agoniza detrás de un vidrio polarizado.

Montería todavía tiene tiempo, pese a ello el reloj no lo marcan los árboles que faltan por sembrar, sino los que ya no dan sombra donde la gente los necesita. Hoy, sembrar es un gesto de esperanza, diseñar para la sombra es un acto de justicia urbana y una ciudad que olvida esa diferencia puede terminar, dentro de veinte años, llena de árboles y carente de vida urbana.

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