Opinión

La gratitud: virtud que parece perder terreno en la vida pública contemporánea

Por : Mario E. Pretelt

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Vivimos en una época en la que el éxito suele tener muchos dueños, pero muy pocos recuerdan los cimientos sobre los que fue construido. Se celebran los triunfos, se exaltan los liderazgos y se repiten los nombres de quienes alcanzan las posiciones más altas, mientras permanecen en el anonimato quienes, mucho antes, ofrecieron una oportunidad, compartieron un consejo o decidieron confiar cuando nadie más lo hacía.

La historia tiene esa paradoja. Recuerda con facilidad a quienes cruzan la meta, pero rara vez a quienes ayudaron a construir el camino.

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Quizá por eso la gratitud no sea simplemente una virtud privada. También constituye una responsabilidad ética. Reconocer el bien recibido es reconocer que ningún liderazgo nace de manera espontánea y que toda trayectoria importante está sostenida por personas cuya influencia casi nunca aparece en los registros oficiales.

En tiempos en los que las narrativas públicas tienden a simplificar la realidad, también resulta oportuno recordar que ninguna vida puede reducirse a un solo episodio. Los seres humanos son más complejos que los titulares y más amplios que las controversias que, en determinado momento, ocupan la atención pública.

Ese principio adquiere especial significado al reflexionar sobre la figura de Jorge Ignacio Pretelt Chaljub. Más allá de las opiniones que cada ciudadano pueda tener sobre su trayectoria pública, existe una dimensión menos visible de su legado: la de quien creyó en el talento de otros antes de que ese talento fuera reconocido; la de quien abrió puertas, orientó carreras y encontró en la formación de personas una de sus mayores satisfacciones.

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Son muchos los liderazgos que se construyen lejos de los reflectores. Antes de cada cargo importante suele existir alguien que dedicó tiempo a escuchar, a corregir, a exigir y, sobre todo, a confiar. Esas contribuciones casi nunca aparecen en los libros de historia, pero permanecen en la memoria de quienes fueron alcanzados por ellas.

Paradójicamente, quienes más contribuyen al crecimiento de otros suelen ser también quienes experimentan con mayor frecuencia la ingratitud. El ejercicio del poder modifica prioridades, la distancia debilita los vínculos y el paso del tiempo termina borrando, para algunos, el recuerdo de quienes estuvieron presentes cuando aún no existían reconocimientos ni posiciones de influencia.

 

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Sin embargo, hay personas cuya grandeza no consiste únicamente en haber impulsado a otros, sino en conservar la generosidad incluso después de la decepción. La capacidad de perdonar, de seguir creyendo en las personas y de continuar tendiendo la mano constituye una forma de liderazgo mucho más profunda que la que otorgan los cargos públicos.

Las sociedades maduras deberían ser capaces de mirar a sus protagonistas con mayor sentido de proporción. Juzgar cuando corresponde, pero también reconocer aquello que merece ser reconocido. Porque una vida difícilmente puede explicarse desde un único capítulo, por determinante que este haya sido.

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No se trata de pedir unanimidad ni de desconocer el derecho que tiene cada ciudadano a formar su propio juicio. Se trata, más bien, de evitar que las pasiones de una época impidan apreciar la totalidad de una trayectoria y el impacto que una persona pudo haber tenido en la vida de muchos otros.

Al final, los gobiernos cambian, las controversias encuentran su lugar en los archivos y las pasiones políticas terminan por apagarse. Lo que permanece es el bien sembrado en la vida de las personas. Ese, quizás, sea el legado más difícil de medir y, al mismo tiempo, el más importante.

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Porque mientras exista alguien dispuesto a agradecer a quienes creyeron en otros antes que el resto del mundo, la historia seguirá recordando que los verdaderos líderes no son solamente quienes alcanzan las posiciones más altas, sino también quienes hacen posible que otros lleguen a ellas.

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