Opinión

La ciudad que avanza y olvida: Montería y el silencio de sus esquinas

Por: Efraín Hernández

Publicidad

Montería no dejó de hablar, solo renunció a escuchar las voces que alguna vez le dieron sentido, las de su propia memoria alejándose lentamente por calles cada vez más nuevas y al mismo tiempo, más extrañas; ese silencio que, como una sombra paciente ocupa los rincones donde alguna vez florecieron serenatas y la noche aprendía a cantar entre ventanas abiertas, convirtiendo las esquinas en jardines de recuerdos.

La ciudad se estira como un río que busca nuevos cauces, crecen las avenidas, florecen edificios de vidrio y los antiguos márgenes aprenden a llamarse “trama urbana”; de modo que, todo parece avanzar bajo el lenguaje triunfal de las cifras y los proyectos. Pero en esa expansión silenciosa, donde el concreto reemplaza la sombra y la prisa desplaza la conversación, queda tendido sobre el camino como una flor aplastada entre páginas, la memoria de los refugios donde el tiempo se detenía para escuchar a la gente.

Publicidad

Montería

Hay una violencia que no usa la fuerza, emplea los plano arquitectónicos. La rehabilitación urbana del centro llegó con buenas intenciones, pero con algo más peligroso que la mala fe, “una idea del orden que no reconoce lo que no puede medir”; de manera que, se trazaron plazas geométricas gobernadas por la lógica del adoquín y la luminaria LED, donde ya no hay casi nada que iluminar, porque la cultura popular no fue expulsada con decreto ni perseguida con policía, simplemente no cupo en el diseño y para la ciudad moderna, es como si nunca hubiera existido, pero existió.

Antes de que la antigua calle del mercado se convirtiera en módulos institucionales,  aquel espacio se levantaba como un argumento contra la categoría en un contexto que se resistía a ser solo mercado porque era también teatro, consultorio, archivo oral, sala de duelo y de fiesta, con olores precisos a bocachico ahumado y a panela recién raspada sobre tabla de madera. Por otra parte, el grito de los vendedores que se confunde con el ruido, era en realidad poesía concreta y, las mujeres que servían sancocho desde las cuatro de la mañana no solo calentaban cuerpos fríos de madrugada, tejían, con cada pregunta al vapor del caldo, una memoria que no necesitaba papel para perdurar.

Publicidad

¿Qué es una ciudad que olvida su olor? es su destino y su culpa; de allí que, el progreso tiene su propia gramática, en donde las ciudades intermedias suelen conjugar el verbo ordenar en un tiempo que siempre borra el presente para construir un futuro que, cuando llega, ya no recuerda a nadie. Por es hoy, el señor que vendía las chichas en bolsas, las muchachas haciendo barra desde la acera con una autoridad natural que ningún estadio compra, los viejos arbitrando sin silbato pero con una legitimidad que venía de haber visto todo, ya no están en la vieja cancha de futbol del barrio la Coquera, eso era cultura, pero al no figurar en ningún mapa de patrimonio municipal, fue muy fácil modificarlas, para poder reescribir una geografía impropia del mismo barrio.

Lo que se perdió no fue la cancha, fue el ritual. En virtud de ello, Walter Benjamin desde la filosofía de la historia expresó que “en cada época hay que arrancar la tradición ante el conformismo que está a punto de avasallarla” y no solo hablaba de  museos o centros de memoria, sino de las formas de vida que no tienen abogado y por tanto, son destruidas sin que nadie firme una orden de demolición. La ciudad avanzó, la memoria no y entre ambas, quedó el silencio de los rituales que partieron sin despedirse.

En consecuencia, Montería no es una víctima ni un villano en esta historia, es una Villa Soñada que intenta hacer lo que le piden las lógicas del desarrollo contemporáneo: conectar, formalizar y crecer. El problema no habita en esta transformación, sino en la amnesia que suele caminar a su sombra, como un fantasma  que susurra que todo lo nuevo merece ser amado y que todo lo heredado debe resignarse al olvido como una ilusión antigua de creer que el futuro solo puede construirse sobre las ruinas de la memoria; sin embargo, las ciudades no están hechas únicamente de concreto, avenidas y planos, también están tejidas con afectos, rituales y lugares donde las personas, sin advertirlo, aprenden a reconocerse unas a otras.

Publicidad

Quizá el desafío no consista en elegir entre modernidad y recuerdo, sino en aprender a crecer sin arrancar las raíces; tal vez se trate de levantar nuevos horizontes sin borrar los rincones donde la comunidad aprendió a pronunciar su nombre, o quizá, de volver a escuchar ese rumor que Montería dejó escapar entre el estruendo del progreso, aquel que brotaba de las esquinas cuando pertenecían a todos y en las conversaciones que en las noches tibias encendían  la ciudad como pequeñas constelaciones humanas.

 

Publicidad

 

Lee también:
Publicidad