Cuarenta y dos años de pesca en el rio Sinú habitan en una figura que todavía emerge cada mañana sobre la orilla del malecón nuevo, aunque hace ya una década que la pesca dejó de ser sustento y se convirtió apenas en un ritual de memoria; se le ve allí, con la atarraya enrollada como si el gesto fuera una oración privada, frente a un río que ya desconoce. “Antes el agua llegaba hasta allá“, expresa señalando un punto que hoy es concreto y jardín ornamental, “y cuando crecía, la gente no huía, esperaba, porque el río traía peces y tierra buena“; son palabras que brotan sin nostalgia impostada, pero con la precisión serena de quien ha tejido una red tantas veces que reconoce cada nudo al tacto.
Lo que se observa desde aquella orilla tiene un nombre técnico: desconexión hídrica urbana, la tendencia de las ciudades en expansión a tratar sus cuerpos de agua como bordes decorativos en lugar de sistemas vivos, por supuesto Montería hizo exactamente eso; de modo que, construyó sobre el Sinú una postal donde el malecón se convirtió en el símbolo de la modernización, en la imagen que encabeza los portafolios de inversión y los discursos populares, aunque una postal, por hermosa que sea, no alimenta, no regula inundaciones ni sostiene los ecosistemas que durante siglos mantuvieron viva una región entera.
El problema no radica en el malecón en sí mismo, ya que posee virtudes innegables como espacio público, más bien reside en el relato que acompañó su construcción como la idea de que modernizar el río implicaba domesticarlo, embellecer sus orillas y relegar a pescadores, lavanderas y comunidades ribereñas al papel de vestigios pintorescos de un pasado que debía quedar atrás. Bajo esa lógica, la ciudad apostó por una versión del Sinú diseñada para la contemplación y el consumo visual antes que para la vida cotidiana; un río convertido en escenario más que en territorio y en postal más que en memoria. El resultado, es una imagen del Sinú cómoda para la fotografía y la exhibición, pero cada vez más distante de su condición de fuente de identidad colectiva y de infraestructura natural indispensable para quienes habitan y dependen de la cuenca cordobesa.
EL RIO QUE APRENDIMOS A OLVIDAR

Las consecuencias no tardaron en hacerse evidentes, aunque pocas veces se narren en los mismos términos que los logros, porque las inundaciones en los barrios bajos siguen ocurriendo ya que el rio no tiene donde respirar debido que sus márgenes naturales fueron reemplazadas por estructuras que aceleran el flujo en lugar de amortiguarlo; los pescadores artesanales que aún persisten en los bordes del municipio operan en una especie de invisibilidad institucional, sin acceso a créditos, sin reconocimiento en los planes de ordenamiento territorial, sin interlocutores en una alcaldía que habla de turismo náutico, pero no sabe cuántas familias aun dependen del chinchorro. Entretanto, mientras el imaginario oficial redujo el río a una pieza de decoración urbana, miles de monterianos siguen encontrando en sus aguas la base material de su sustento.
El intérprete de las aguas, sin títulos ni diplomas, desentraña una verdad que suele escapar a los planes de desarrollo: “cuando un río pierde la relación con quienes lo habitan, acaba perdiendo también la capacidad de sostener sus vidas”, él lo aprendió observando el lenguaje de las corrientes y escuchando la memoria de las orillas; por eso, el verdadero progreso no consiste en someter la naturaleza al concreto, sino en aprender a construir con ella. Actualmente, las comunidades ribereñas, lejos de ser reliquias de un pasado que debe superarse, son custodias de un conocimiento tejido durante generaciones producto de una sabiduría que no se archiva en informes ni se contrata por licitación, porque habita en la experiencia misma de vivir en este lugar.
El verdadero desafío de Montería no está en construir otro malecón, sino en aprender a mirar nuevamente al Sinú; asimismo, decidir si será una ciudad que contempla el río como paisaje o una que reconoce en él la inteligencia paciente que la hizo posible. Mañana, como tantas otras mañanas, el guardián de las aguas y custodio de la ribera, recogerá su atarraya y regresará a casa sin que nadie le pregunte qué historias guardan esas aguas que ha leído durante cuarenta años; sin embargo, en esa memoria silenciosa se conserva una lección que la ciudad aún no termina de comprender: “los ríos no sostienen únicamente territorios”, sostienen también las relaciones, los saberes y las formas de vida que crecen a su alrededor, luego cuando estas desaparecen, el agua sigue corriendo, pero algo esencial del río comienza a perderse.
Sin duda alguna, “hay conocimientos que no caben en un informe técnico porque fueron escritos en el cuerpo, en el tiempo y en la lengua especifica del agua”; por eso hoy, Montería todavía está a tiempo de escucharlos, antes de que la última generación decida por fin, colgar la atarraya.