Opinión

Salud mental, una discusión pública impostergable

Por Martha Ruíz Solera – Psicologa, especialista en Gerencia en Salud y Gerencia en Gestión Pública.
Representante a la Cámara electa por el departamento de Córdoba 2026 – 2030.

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Hablar de suicidio, ansiedad o depresión no puede seguir siendo un asunto privado, casi ignorado, que se susurra en voz baja dentro de las familias.

Lo que estamos viviendo es una problemática estructural, en una sociedad híper conectada, pero emocionalmente cada vez más aislada.

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Paradójicamente, nunca habíamos estado tan cerca de todo y de todos. Basta un clic y desaparecen las distancias. Sin embargo, y es lo emocionalmente devastador, nunca habíamos estado tan solos.

Desde la neuropsicología, esto no es menor. Nuestro cerebro no evolucionó para procesar vínculos mediados exclusivamente por pantallas. La naturaleza del ser humano fue diseñada para la conexión real, el contacto visual, la voz, el tacto, la presencia física.

Cuando esas experiencias se sustituyen por interacciones digitales, se altera la forma en que regulamos nuestras emociones.

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Los circuitos neuronales asociados al placer, como el sistema dopaminérgico, comienzan a responder más a estímulos inmediatos y fragmentados, como las notificaciones, los “likes”, validaciones rápidas, que a vínculos profundos y sostenidos. Esto genera una especie de “hambre emocional crónica”: recibimos pequeñas dosis de gratificación, pero cada vez nos sentimos más vacíos.

Al mismo tiempo, la sobreexposición a información y la comparación constante afectan áreas clave del cerebro relacionadas con la autoestima y la percepción de uno mismo. Vivimos observándonos, midiéndonos, evaluándonos. Y en ese ejercicio permanente, muchos terminan sintiéndose insuficientes, frustrados, perdedores.

Desde la psicología, esto se traduce en una fragilidad creciente de los llamados “círculos protectores”: la familia, los amigos, la comunidad.

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Hoy es más fácil esconder nuestras emociones detrás de una pantalla que nombrarlas frente a otro ser humano.

El riesgo de emociones silenciosas, ese que no se ve, no incomoda, no genera conversación hasta que se convierte en tragedia irreversible.

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Muchas veces, las familias dicen: “no lo vimos venir”. No es negligencia, es desconexión. Es una sociedad que normalizó el aislamiento emocional mientras aparenta estar en constante interacción.

Pero esto no puede seguir siendo leído únicamente desde lo individual. Aquí hay una responsabilidad social y política que nos lleva a tomar decisiones inmediatas.

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¿Qué estamos haciendo como sociedad para proteger la salud mental?

¿Dónde están las políticas públicas que regulen, orienten y eduquen sobre el uso de la tecnología desde una perspectiva de bienestar?

¿Dónde están las estrategias para reconstruir tejido social, para fortalecer redes de apoyo reales, para devolverle valor a la conversación cara a cara?

Si no abordamos esto ahora, las consecuencias no serán solo clínicas, sino evolutivas.

Estamos moldeando cerebros más dependientes de la gratificación inmediata, menos tolerantes a la frustración y más vulnerables a la soledad.

La salud mental debe salir al debate público.

Debe ser agenda nacional, porque poco a poco estamos perdiendo la sociedad ante nuestros ojos, estamos siendo derrotados por una tecnología que nos absorbe, que nos atrapa, que se adueña de nosotros y nos esclaviza.

¡Es hora de pensar, es hora de actuar, es hora de cambiar!

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