¿Y si el Centro dejara de ser Periferia?
Por : Efraín de Jesús Hernández Buelvas — Biólogo, Magister en Biotecnología, Candidato a Doctor en Educación (UNR Argentina)
A lo largo de los años, Montería ha eludido emprender un análisis crítico de su propio centro y la dificultad no reside precisamente en su posición geográfica, sino en el concepto urbano que encarna. Su casco histórico se ha diluido ya sea por cruzar el río o por la ausencia de normativas de protección; pero la ciudad, ha quedado sin un lugar de encuentros; por eso, la pregunta que nadie formula en voz alta es: ¿volverá ese núcleo urbano a ser el epicentro cultural y social de la ciudad?
Ciudades como Medellín o Valparaíso históricamente han enfrentado este dilema, ante lo cual eligieron una respuesta distinta a la expansión infinita, prefirieron volver a sus orígenes; no por nostalgia, la nostalgia no construye nada— sino porque recuperar lo que ya existe cuesta menos, contamina menos y, sobre todo, incluye a quienes ya estaban. En el caso de Medellín, el urbanismo social convirtió las laderas más olvidadas en un referente mundial no con magia, sino con una decisión política que proyectó el territorio abandonado no como un problema, sino como una oportunidad que aún no ha sido bien leída.
Montería tiene algo que esas ciudades pagaron millones por recuperar artificialmente, un río navegable en el corazón urbano, una arquitectura republicana que todavía respira, un mercado popular con décadas de tejido social y una clase creativa joven que no quiere irse pero tampoco encuentra razones concretas para quedarse; desde esta perspectiva, la propuesta no es romántica es económica. Consiste en densificar el centro existente con viviendas mixtas, comercio de proximidad, espacios culturales y movilidad peatonal, lo cual es más rentable a largo plazo que seguir extendiendo redes de acueducto, vías y servicios hacia un suelo virgen que mañana también va a requerir atención.
Vale la pena imaginar el malecón del Sinú no solo como paseo dominical sino como eje de una economía creativa, las casonas del centro no como inmuebles en deterioro sino como espacios de coworking, galerías o vivienda para estudiantes; asimismo, los locales vacíos de la carrera primera no como sinfonía en decadencia, sino como lienzo en blanco para emprendimientos que hoy no encuentran dónde instalarse. Todo eso existe, solo necesita una política pública que lo decida.
Hoy, nuestros antepasados no protagonizarán esta transformación, ellos llevan a cuesta el pesos de sus años y la desdicha de los anhelo no cumplidos; pero sus hijos si podrán, asi como los hijos de sus vecinos, porque una ciudad que recupera su centro no está mirando hacia atrás, por el contrario, está eligiendo no tener que seguir corriendo hacia adelante para alcanzarse a sí misma. Al igual que todos mis finales, el río no se mueve, pero Montería se renueva hasta decidir, hacia qué orilla vale la pena mirar.