Cuatro días en el corazón del Tigre
Por: Iliana Garzón Saladén
En vísperas de Semana Santa, aquel Domingo de Ramos, llegó un aviso inesperado: Abelardo estaría en Sucre y Córdoba, recorriendo algunos de los lugares más emblemáticos de estos dos departamentos.
Fiel a su fe, y junto a Analu, su esposa, decidieron comenzar por un lugar lleno de significado: el Cristo de la Villa, en San Benito de Abad. Allí, el candidato ingresó por la puerta principal de la iglesia, acompañado por un numeroso grupo de seguidores del municipio. Dentro del templo, la escena era profundamente especial: algunos, al enterarse de su presencia, lucían con orgullo sus camisetas del Tigre; otros se acercaban con afecto a saludarlo, mientras Analu, con una delicadeza admirable, invitaba al silencio y al respeto propio de aquel espacio sagrado.
Al salir de la misa, la gente se arremolinó alrededor de Abelardo y estando a solo a dos meses de las elecciones, el termómetro empezó a marcar una energía térmica importante; metido entre el remolino de gente que intentaba llegar hasta donde estaba para lograr una foto con él, podía escuchar sus comentarios, la alegría y el optimismo que despierta su buena vibra y la señora que gritaba: “Tigre regálame una gorra y un poncho!!” y acto seguido rompía a carcajadas de alegría. Ella no quería ni la gorra, ni el poncho, ella quería que el supiera que para ella, él era una persona cercana, no el “Doctor Abelardo”, o “el candidato presidencial” inalcanzable, sino el Tigre, el amigo, accesible y bacano.
De ahí continuamos nuestro camino hacia Sampués y Chinú, donde el arte de las manos artesanas se entrelazó con el corazón de un buen grupo de seguidores llenos de esperanza y entusiasmo, unidos por un mismo sueño: convertir a Colombia en una verdadera Patria Milagro.
Al día siguiente, en Montería, el sueño latió con más fuerza. En el Mercado del Oriente, ese mismo lugar cotidiano donde la madre de Abelardo hace sus compras habituales, Abelardo nos recordó que las grandes transformaciones nacen en el corazón genuino y humilde de una ciudad y se detuvo a escuchar a un emprendedor que vende cervezas y, con la sencillez que lo caracteriza, lo ayudó a conectarse directamente con Bavaria para darle solución a su problema, lo que confirma su estilo: cercano al hablar y efectivo al solucionar. Más tarde, en un gimnasio de boxeo de una zona deprimida de la ciudad, fuimos testigos de la disciplina y la grandeza que se forja en la juventud, representada en talentos como Sofía Alvear, campeona de los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Este encuentro confirmó el anhelo y compromiso de Abelardo en apostar por el deporte, creer en la juventud y sembrar esperanza en el corazón de Colombia.
Era imposible no pasar por Ciénaga de Oro en plena Semana Mayor sin detenerse a vivir lo suyo: un buen chicheme, comerse un casabe en la casa de Juana Estrada, la visita al monumento de Pablito Flórez y ese ambiente que mezcla tradición, alegría y memoria. Allí, entre la gente, se vivió un momento épico al escuchar a Abelardo cantar, al unísono con sus seguidores, “La Aventurera”, en una escena cargada de identidad y cercanía.
En medio de ese ambiente, un periodista, intentando lanzar una pregunta provocadora, le dijo: “Te le metiste al rancho a Petro”. Pero Abelardo, con la agudeza y perspicacia que lo caracterizan, respondió sin titubeos: “Yo soy de Córdoba, y muchas experiencias vividas me conectan con este municipio, de hecho mi mujer ha experimentado gran parte de su niñez y juventud en Ciénaga de Oro”. Y es que no hablaba desde la distancia, sino desde la memoria viva: la finquita de recreo que, por años, ha sido parte de la historia de la familia materna de Analu en este municipio, lo une hoy de forma íntima y cercana a esta tierra.
En Sahagún, tierra de sus ancestros, el corazón ardió con la fuerza de sus raíces en el Parque Simón Bolívar, epicentro de vida, identidad y cercanía con su gente que lo recibió bajo el sol canicular del mediodía, pero a pesar del calor, la gente lo esperó y permaneció ahí hasta su llegada: Firme por la Patria!.
Era inevitable no llegar a Tuchín, donde nace el sombrero vueltiao y donde cada hebra tejida cuenta la historia de un pueblo que ha hecho de su tradición un símbolo nacional. Allí, entre manos artesanas y miradas llenas de orgullo, muchos expresaron su admiración y compromiso con Abelardo, en un gesto que unía cultura, identidad y esperanza.
Lorica lo recibió con su esencia única, señorial y viva. En su mercado público, Abelardo se mezcló con la gente, entre las comidas típicas de bocachico y gallina guisada, compartiendo con la gente que ahí almorzaba. Y como si el destino tejiera sus propios hilos, visitar la casa de Afife Matuk se convirtió en una conexión inesperada, un lugar donde las paredes susurran historias y donde cada paso deja una huella en el corazón. Los loriqueros que compartieron estos momentos con Abelardo sintieron el orgullo de su tierra reflejado en cada gesto y palabra de Abelardo, porque en Lorica no solo hubo encuentros, hubo orgullo, identidad y un vínculo real que permanecerá en el corazón de su gente.
Al final de este pequeño recorrido, queda claro que Abelardo ha logrado algo que no se impone, sino que se construye: mostrarse como lo que es, un ser humano genuino, no una figura construida, más allá del candidato presidencial que es, ha conectado genuinamente con la gente, que hoy lo reconoce como un hombre de familia, sencillo, cercano, confiable, desparpajado y auténtico; un hombre que refleja, sin artificios, la esencia del Caribe colombiano y que será sin lugar a dudas, el Presidente de Colombia.