Opinión

¿Qué es lo cordobés? La construcción de identidad en un departamento joven

Por : Francisco Javier Alvarez Martinez.

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Septiembre, declarado el mes del patrimonio cultural en Colombia, invita a reflexionar sobre qué memorias preservamos y cómo las comunidades construyen su identidad. En Córdoba, setenta y tres años después de su creación, esta reflexión cobra particular relevancia. A diferencia de otros departamentos que pueden rastrear sus tradiciones a siglos de consolidación territorial, Córdoba enfrenta el desafío único de definir qué significa ser cordobés en un territorio administrativamente reciente, heredero de tradiciones que trascienden sus fronteras actuales.

La construcción oficial de lo cordobés ha privilegiado sistemáticamente las tradiciones del interior sinuano. Las bandas de viento, la cultura ganadera y el folclor festivo que conecta con Montería, Cereté, Lorica y Sahagún dominan la narrativa institucional sobre la identidad departamental. Esta selección responde a dinámicas de poder territorial que concentran tanto el desarrollo económico como la capacidad de definición cultural en el corredor del río Sinú.
El caso de María Barilla ilustra esta geografía selectiva del reconocimiento. La fandanguera de Ciénaga de Oro, inmortalizada en estatuas de San Pelayo y Montería, representa el tipo de figura cultural que encaja cómodamente en la narrativa oficial cordobesa. Su reconocimiento es merecido por su lucha por los derechos sindicales y su papel en llevar el folclor regional a dimensión nacional. Sin embargo, su facilidad de incorporación contrasta dramáticamente con la invisibilización de figuras igualmente importantes que emergieron desde otros territorios del departamento.

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En los municipios costeros florece una riqueza cultural que permanece ausente de la construcción institucional de lo cordobés. Puerto Escondido, Moñitos y San Antero mantienen vivas tradiciones afrodescendientes que se remontan a los procesos de cimarronaje y las migraciones desde la Cartagena colonial. Estas expresiones culturales, particularmente el bullerengue, han alcanzado reconocimiento internacional, pero su inclusión en la identidad cordobesa sigue siendo marginal.

Eulalia Medrano Martínez encarna esta exclusión sistemática. La cantadora de bullerengue que entre 1905 y su muerte convirtió a Puerto Escondido en epicentro de una tradición musical que hoy trasciende fronteras nacionales, permanece ausente del paisaje monumental cordobés. Su invisibilización no responde a falta de méritos artísticos, sino a la ubicación geográfica de su legado: Puerto Escondido, municipio con índice de pobreza multidimensional del 67.9%.

Esta desconexión territorial se manifiesta reveladoramente en los patrones de movilidad interna del departamento. Hasta hace apenas dos años los monterianos empezaron a visitar las playas de Puerto Escondido o Moñitos. La mayoría sigue priorizando visitas a Coveñas en Sucre o Arboletes en Antioquia por encima de las costas de su propio departamento. Esta preferencia refleja una desconexión profunda: muchos cordobeses del interior conocen mejor las tradiciones vallenatas que las manifestaciones culturales de sus propios municipios costeros.
Las políticas culturales departamentales arrastran una deuda histórica al haber privilegiado sistemáticamente los territorios del interior sinuano en inversión de infraestructura cultural, apoyo a festivales y promoción turística, marginando los municipios costeros. Esta distribución desigual refleja una concepción de lo cordobés que encuentra más cómodo promocionar tradiciones que conectan con los centros de poder departamental que aquellas que emergen desde la resistencia y la marginalidad. La inequidad territorial heredada representa una oportunidad de reivindicación para las administraciones actuales, que pueden liderar la construcción de una Córdoba culturalmente más
equitativa e inclusiva, transformando el discurso en inversión efectiva y redistribución de recursos.

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La construcción de una identidad cordobesa más justa requiere ampliar el canon de lo que consideramos tradicionalmente nuestro. Una estatua de Eulalia Medrano en Montería no competiría con el reconocimiento hacia María Barilla; lo complementaría, ampliando la narrativa sobre lo cordobés hacia una versión más representativa de la diversidad territorial del departamento.

La pregunta sobre qué es lo cordobés no tiene respuesta única ni definitiva. Pero las respuestas que construyamos determinarán si Córdoba se consolida como departamento cultural diverso y equitativo o si perpetúa las exclusiones que han marcado sus primeros setenta y tres años.
Francisco Javier Alvarez Martinez.

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