Opinión

Los silencios que piden auxilio: sobre la vulnerabilidad y el suicidio

Por: Mariangela Del Rosario

Dicen que no debemos mostrar nuestras vulnerabilidades porque el mundo se aprovecha de ellas. Yo pienso distinto: la vulnerabilidad, por sí misma, ya es una ventana abierta al dolor. Pero cuando logramos sobreponernos, cuando la oscuridad no nos traga, dar testimonio se convierte en un acto de vida.

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He pasado por momentos de depresión en distintas etapas de mi existencia. Nunca he intentado atentar contra mí, pero debo confesar que en ocasiones, en medio del cansancio extremo, del silencio de quienes esperaba a mi lado o de los callejones más oscuros, fugazmente la idea ha cruzado por mi mente. Sin embargo, siempre he encontrado una razón —simple o profunda— para aferrarme a la vida.

Por eso, y aunque no soy psicóloga ni psiquiatra, me atrevo a compartir lo que he aprendido desde mis heridas y mis luces. Las líneas de ayuda son valiosas, pero no podemos olvidar que quien ya ha tomado la decisión de morir, difícilmente busca un teléfono para pedir auxilio. La llamada, muchas veces, no sucede. Por eso la responsabilidad también recae en quienes rodean a esa persona: estar atentos a los cambios, a los silencios, a los gestos que hablan sin palabras. La prevención es estar atento al susurro, porque a veces quien lo necesita, no grita.

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Y aunque la intervención profesional es necesaria e insustituible, no puedo dejar de decir que solo Dios tiene el poder de encender luz en la penumbra. Quien se aparta de Él queda más expuesto a los planes oscuros del enemigo y le cuesta el doble encontrar salida. Amor, oración y ayuda profesional: ese es el trípode que sostiene la esperanza.

Si sospechas que alguien cercano atraviesa ese túnel sin salida, no lo ignores, no lo minimices. Muchas veces, un abrazo a tiempo salva más que mil discursos.

Cinco señales certeras de que alguien podría estar pensando en acabar con su vida:

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  1. Hablar de querer morir, incluso en forma de broma o comentario pasajero.
  2. Despedirse de manera extraña: regalar objetos valiosos o cerrar ciclos abruptamente.
  3. Cambios drásticos en el estado de ánimo: pasar de la profunda tristeza a una calma repentina.
  4. Aislamiento: perder interés en actividades, amistades o familia.
  5. Conductas de riesgo inusuales: consumo excesivo de alcohol o drogas, manejo temerario, autolesiones.

La vulnerabilidad no es un signo de debilidad. Es un territorio donde, si aprendemos a mirarnos con amor y acompañar a los otros, puede brotar la fuerza más luminosa de todas: la de seguir vivos. Y en medio del cansancio, del peso que a veces nos doblega, resuenan las palabras de Jesús:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mateo 11:28)

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