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S. O. S. Montería

Por : Fernando Córdova

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En un país tan convulsionado como el nuestro, en donde la violencia se ha hecho perpetua, es normal que todas las generaciones vivientes consideren la zozobra como algo cotidiano y propio. Sí, creemos que la inseguridad es una característica de Colombia y hay demasiadas razones para sostenerlo.

Dependiendo de la ubicación geográfica en donde nos encontremos la preocupación cambia, en las grandes ciudades la gente se enfoca en los robos, hurtos, fleteos, violencia intrafamiliar, el tráfico de drogas ilícitas (es erróneo considerar al consumo como un delito) o accidentes de tránsito, que es una manera culposa de infringir la integridad. En zonas más remotas sin duda la presencia de grupos armados al margen de la Ley es el desvelo imperante.

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Tantos años en esta situación han sembrado una indolencia en la población, que crímenes que en otros países producirían escozor, en la tierra donde se cree que laico es ateo, son una noticia más. A lo que hay que sumar que hay nula solidaridad, cada uno se preocupa sólo por el tipo de inseguridad que le puede llegar a afectar.

El caso de Montería comienza a preocupar en demasía, más allá de que la falta de ingresos y del cambio de los modos de vivir a causa de la pandemia, que fueron promotores para que delincuentes aumentaran sus actividades y que potenciales comenzaran a serlos, el retroceso en esta materia en innegable. La delincuencia común se ha vuelto demasiado común.
La inseguridad está atomizada en la ciudad, no importa la zona, no importa el estrato, no importa la hora, hay la sensación latente de que puedes ser una nueva víctima o volver a serlo. Es pan de cada día comentar entre conocidos los hechos delictivos del día anterior, o en el peor de los casos, echar el propio cuento.
No vamos a caer en el engaño de que en el pasado reciente esta era una urbe con seguridad de ciudades nórdicas, pero en el ambiente imperaba por lo menos una incipiente percepción de que podías andar con cierta tranquilidad. Eso se perdió.

Las autoridades celebran a todo pulmón el derrumben de inmuebles en donde se expendían drogas, como si la venta dependiera de eso, como si el consumidor no fuera un drogodependiente, y como si el vendedor no fuera el más pequeño eslabón. Las autoridades siguen con el dogma de que capturar es más importante que evitar, ignorando que una víctima nunca es plenamente resarcida.
La seguridad no se mejora aumentando penas, sino haciendo eficiente a la justicia, y esta depende notablemente de que sus auxiliares cumplan su papel a cabalidad. En Montería, como en otras tantas partes del país no está pasando así, pero una ciudad en crecimiento debe evitar los vicios de sus referencias mayores.

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Es cierto que el país adolece de una verdadera política criminal que fomente el desuso del código penal, insisto, es más importante que el criminal se abstenga a que intente burlar la pena porque el incentivo al delito es más grande que la posibilidad de captura. Mientras tanto, en la perla del Sinú en un barrio llamado Vallejo, en donde hay una estación de Policía y donde también residen buena parte de ellos, sentarse en la terraza es un acto rebeldemente imprudente. ¿Qué hacer?

Es un imperativo que las autoridades busquen recuperar la confianza de la ciudadanía, la cual ser perdió por el desdén de quienes tienen el deber, pero no la convicción.
La autoridad policial está subordinada a la autoridad civil. El intercambio de adulaciones son sólo cantos de sirena, hay que modificar esa relación.
El delito se focaliza y las estrategias para contrarrestarlos no pueden ser uniformes.
A la población se le educa para que sean preventivos. No se les dicen que no den papaya, como si ser víctimas fuera su culpa.

Un sistema de denuncias integro. La gente no puede seguir pensando que al denunciar serán descubiertos.

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Los programas para fomentar la seguridad van más allá de las relaciones directas. El crimen es fundamentalmente un problema económico, por ende, las acciones deben ser integrales y complementarias.

Recuperación del espacio público con presencia frecuente pero aleatoria. La percepción de seguridad desestimula al criminal.
Son vox populi los puntos de concentración de artículos robados. ¿Por qué siguen existiendo?
La violencia intrafamiliar no es un asunto privado, quien atenta en el hogar también lo podría con los demás.

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Trabajar contra el microtráfico de drogas es importante, pero considerar al drogodependiente como un problema de salud publica es más eficaz. Al caer la demanda, cae la oferta.
Al joven no sólo se le ocupa con empleo, también existen otra serie de actividades para llenar vacíos en la población juvenil que son aprovechados por la criminalidad.
Hay que decirlo hasta la saciedad, la prevención es el camino que la represión nunca enseñará.
La fuerza pública, y en especial la Policía, demanda de una profesionalización y revisión de sus funciones. Pasar al ministerio del interior sería un avance.
La Policía debe ser nómada, no sedentaria. El formato de las estaciones es anacrónico y poco efectivo.

Teoría de juegos, las matemáticas ayudan y mucho.
Las anteriores son sólo algunas consideraciones que creo que se pueden llevar a cabo desde el plano local. Otras más ambiciosas, obviamente son del orden nacional.
No caigamos en el error de ponerle nacionalidad al crimen como tristemente lo hizo la alcaldesa de Bogotá Claudia López, a la cual Iván Duque le terminó dando clases de derechos humanos por tan desconcertante posición para justificar la situación capitalina.
Me interesa sinceramente que las condiciones generales de Montería mejoren día tras día, amo a mi patria chica. Esto no es de ninguna forma una afrenta contra el alcalde Carlos Ordosgoitia.

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