Opinión

En la balanza de la vida: ¿destruir o construir?

Para la naturaleza, somos fuerza destructora.

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Por: Julio Alberto Manzur Abdala

Con un nutrido grupo de excelentes amigos, tengo desde hace años, la sana costumbre de caminar a paso rápido, hace un tiempo en la Ronda Norte del río Sinú y ahora en unas calles del norte del barrio El Recreo, de Montería. En  algo más de una hora diaria, nos permitimos dar rienda suelta a nuestras historias personales y en especial a desarrollar el humor y la mamadera de gallo, lo que casi siempre termina en estruendosas carcajadas.  Nuestros pasos nos llevan a encontrarnos diariamente con la hermosa orilla boscosa del Sinú, en un lugar casi idílico, por su paisaje amable.
Algunas veces, con emoción colectiva, nos hemos quedado largo rato, observando fascinados, el gran desarrollo de unas plantas de bambú guadua, de cañas verdes o amarillas, que en su majestuoso crecer hace fascinante aquel encantador espacio de la naturaleza.

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Traigo a colación esta anécdota, para empezar a soñar con nuestros caños, ciénagas y ríos, poblados con tan  valiosa especie vegetal y, de contera, recordar que en el centro — occidente del país, sus habitantes sienten llorar a los guaduales, porque también tienen alma y allá también los han visto alegres, entrelazados, mirando al río…como lo hemos visto y gozado el grupo de Los Caminantes; invito a los lectores a contemplarlos y sentirlos cantando o llorando a la vera del Sinú.

¿Y, en nuestras región cordobesa, será posible soñar con nuestros propios guaduales? ¿Será una osadía el invitar al Ministerio del Medio Ambiente,  a través de nuestro ministro Carlos Eduardo Correa, a la C.V.S., gobernación de Córdoba, a los alcaldes del departamento y medios de comunicación a consolidar uniones y esfuerzos que permitan que esas expresiones imaginarias de llantos y cantos alegres, sean escuchados  por esta generación y las que nos han de preceder?

Hago pública mi tarjeta de invitación colectiva, para que en soledad o en familia lean los múltiples escritos que sobre esta generosa especie vegetal nos llevan a transitar por un universo paisajístico y la forma de obtener la extensión rural de ese cultivo promisorio y señorial. Yo solo intento iniciar el proceso de generar inquietud en nuestra sociedad, especialmente en esos espíritus donde el amor por el campo y la naturaleza, anida silvestre.

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Esa planta llamada también “el acero vegetal”, por su alta resistencia, es agradable al medio ambiente y generosa en su crecimiento. Se conocen cerca de 1000 especies de guaduas en el mundo y en las Américas, más de 500, quizá la más promisoria es “la bambú guadua”, cuyo origen es sin duda latinoamericano. La amplitud de sus usos recorre desde la fabricación de instrumentos musicales, pasando por la construcción y culminando en la industria bioenergética, descubran ustedes otras bondades como servir de habitación natural para muchas especies, especialmente de aves y reptiles, atrapar sustancias contaminantes del aire, humo, cenizas, polvo y polen, que perjudican nuestra salud y ayudar a reducir el efecto isla de calor o térmica, que golpea con fuerza en estas ciudades del Caribe, por el uso excesivo de cemento y contaminación ambiental, así mismo, disminuir el efecto invernadero. ¡Si quieren más, que les piquen caña!

Cuando era estudiante de Ingeniería agronómica en Palmira – Valle, mis profesores hablaban con doctorado a cuestas, que en un futuro no lejano, la guadua sería una especie forestal promisoria, indispensable en la protección de los espejos de agua, por ser su ciclo de crecimiento y productividad muy superior al de las especies maderables conocidas: ellas crecen hasta 20 cms /día, a los 4 años alcanzan su madurez y altura en el trópico, donde puede llegar a los 20 metros.  En pisos más elevados y climas fríos, alcanzan hasta 30 metros de altura.

Pero lejos de querer hablar de la economía del producto guadua, que dicho sea de paso, es apreciado en el mundo del comercio de derechos de emisión de CO2, yo deseo comentar sobre sus bondades: armonía con el medio ambiente, ya que alegra y refresca los paisajes que parecen cantar o llorar resaltando el encanto de los caminos (lo pueden comprobar en tiempos de brisa), regula los espacios  de agua de las ciénagas, arroyos, caños y ríos (tan vitales en nuestros tiempos) controla la erosión de los suelos y para complementar, mejora el entorno y el esparcimiento social, ya que tienen los guadales, la potencialidad de capturar hasta un 35% más de dióxido de carbono que otras especies vegetales, se logra así, que los espacios que ocupa, crezcan en amabilidad, recreación, ensueño y salud.  ¡Un mundo de encanto y felicidad a nuestros pies!

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Amo la naturaleza y le tengo profundo respeto, soy un convencido que la salud de la tierra tiene en nuestras manos el construir de su futuro, desde el momento empecemos a destruir menos recursos naturales y colaboremos unidos en la tarea de producir más oxigeno y eliminar mayor cantidad de CO2. ¿ Cuál es la ruta? Caminar más, usar bicicletas como medio de transporte, reforestar y construir mas rondas sobre el Sinú y el San Jorge, acción que merece aplausos, entendiendo también, que el cambio climático depende de la actividad y la actitud humana, que está en larga mora de reparar en el menor tiempo posible la deuda ecológica que hoy tenemos con nuestro planeta, que por cierto, es inmensa.

Lo leí, me gustó:  “La naturaleza no es un lugar a visitar, ni es una postal a la que hacerle foto, es el lugar al que pertenecemos…debemos cuidarla”.

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Nota: este artículo lo escribí, una vez conocí la noticia de la construcción de La Ronda del Sinú, en la margen izquierda de Montería y de las nuevas Rondas sobre los ríos de nuestro departamento. ¡Me sueño entre los guaduales, riendo con ellos!

Montería– Julio del 2021.

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