Opinión

El respeto no tiene partido político: la libertad de expresión no justifica la ofensa

Por: Sofía Esteban de León

Necesitamos recuperar algo que parece estar perdiéndose en medio de la confrontación política: el respeto por el otro, incluso cuando pensamos diferente.

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La reciente polémica entre el caricaturista Matador y la primera dama, Ana Lucía Pineda, nos invita a reflexionar sobre los límites de la crítica, el valor de la dignidad humana y la responsabilidad que tenemos al expresarnos públicamente.

La libertad de expresión es uno de los pilares fundamentales de la democracia. Tenemos derecho a cuestionar a nuestros gobernantes, a exigir explicaciones, a denunciar posibles irregularidades y a pedir cuentas sobre el manejo de los recursos públicos. Ningún funcionario, ni su familia cuando participa en asuntos públicos, debe estar por encima de la crítica ciudadana.

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Pero una cosa es cuestionar una gestión y otra muy distinta es recurrir a expresiones despectivas que atacan la apariencia física o degradan a una persona.

Si existen preguntas sobre la distribución de las ayudas destinadas a los damnificados por el terremoto en Pereira, estas merecen respuestas claras, verificables y oportunas. Los ciudadanos tienen derecho a saber qué recursos se han entregado, quiénes los han recibido y qué medidas se han adoptado para atender a quienes lo perdieron todo. Esa es una discusión legítima y necesaria.

Sin embargo, ¿por qué permitir que una discusión sobre la transparencia y la responsabilidad pública termine convertida en una confrontación de insultos?

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La crítica política no necesita humillar para ser contundente. La caricatura puede incomodar, cuestionar y poner al poder bajo indagación sin que ello implique renunciar a la dignidad humana. El humor tampoco debería convertirse en una excusa para normalizar expresiones que descalifican a las mujeres por su apariencia física. A nadie.

El respeto no tiene partido político

Y aquí hay un principio que debemos defender sin excepciones: el respeto no puede depender de la ideología, del partido político ni del nombre de la persona involucrada.

Los principios que defendemos deben ser los mismos cuando la persona afectada nos simpatiza y cuando no. No se trata de silenciar a nadie, censurar la sátira ni impedir que se investiguen posibles irregularidades. Se trata de comprender que la libertad de expresión lleva consigo una responsabilidad y que el debate democrático debe permitirnos disentir sin deshumanizar al contrario.

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Colombia no necesita más insultos disfrazados de argumentos. Necesita más preguntas bien formuladas, más respuestas transparentes, más responsabilidad pública y menos agresividad en el debate.

Porque cuando la política pierde el respeto, la discusión deja de concentrarse en las ideas y termina reducida a la descalificación personal. El respeto no es una concesión que hacemos a quienes piensan como nosotros. Es un principio que debemos defender incluso frente a quienes piensan totalmente diferente.

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No olvidemos que podemos cuestionar al poder sin destruir la dignidad de las personas. Que podemos exigir transparencia sin recurrir a la humillación. Y que ninguna diferencia política debería hacernos perder la capacidad de reconocer al otro como un ser humano que merece respeto.

La grandeza de una democracia no se demuestra únicamente en la libertad de hablar, sino también en la responsabilidad con la que elegimos nuestras palabras.

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