Opinión

La resiliencia de vivir en una ciudad que cada día queda más lejos

Por: Efraín Hernández 

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Montería es hoy la ciudad que nos está enseñando a perder tiempo. Ante eso, hay una pregunta que casi nunca nos hacemos mientras esperamos bajo el sol, implorando un dosel y con el semáforo en rojo: ¿cuánto tiempo de nuestra vida estamos entregando para poder vivir en Montería?

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La ciudad crece. Los planos se extienden, mientras los anuncios de nuevas urbanizaciones prometen “vida tranquila” en la periferia y las cifras de desarrollo urbano celebran cada metro construido; pero hay un dato que no aparece en los informes: el costo humano de esa expansión. Para miles de monterianos, crecer significa tardar más en llegar a cualquier parte, gastar más en combustible, caminar menos y depender cada vez más de una moto o un carro que, paradójicamente, avanza cada vez más despacio.

Lo que está ocurriendo en Montería tiene nombre, aunque casi nadie lo pronuncia: resiliencia silenciosa. Es esa capacidad que hemos desarrollado, sin darnos cuenta, para soportar desplazamientos eternos, trancones que se vuelven paisaje, motocicletas que esquivan carros, buses y otras motos, y calles sin sombra donde el peatón es un intruso. En ese contexto, una diligencia tan simple como ir al banco o llevar a un niño al colegio se convierte en un viaje que exige planear la hora, el clima y la ruta.

Y lo más inquietante de la situación es que hemos normalizado esa fatiga. Le decimos “movilidad”, le decimos “trancón”, le decimos “así es la ciudad”; pero nunca le decimos lo que realmente es, una ciudad que nos está enseñando a perder tiempo como si fuera un sacrificio inevitable.

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La resiliencia, cuando se aplica a los territorios, suele venderse como una virtud y lo es en escenarios como las comunidades que se recuperan de inundaciones o los barrios que se reorganizan tras una crisis. Pero hay una trampa peligrosa en ese concepto cuando se usa para justificar lo injustificable: una ciudad resiliente no debería ser aquella donde el ciudadano aprende a soportar cualquier dificultad; antes bien, debería ser aquella que reduce las dificultades que les impone a sus habitantes. La diferencia es enorme, dado que en el primer caso la responsabilidad recae sobre el habitante (tú te adaptas, tú madrugas, tú buscas rutas alternas, tú compras moto); en cambio, en el segundo, la responsabilidad recae sobre el modelo urbano: aquí se planifica pensando en la gente, no en los metros cuadrados vendidos.

Montería está en un momento decisivo. Su crecimiento hacia nuevos sectores puede ser una oportunidad para construir una ciudad más humana o puede consolidar una ciudad donde vivir sea una condena de tránsito permanente. La expansión sin transporte público eficiente, sin ciclovías reales, sin andenes con sombra, sin proximidad entre vivienda, trabajo y servicios no es progreso: es una fábrica de tiempo perdido. Y ese tiempo perdido no se recupera, no vuelve y peor aún, no se mide en encuestas de percepción, sino en horas que un padre no pasó con su hijo, en una madre que llegó agotada y en un joven que renunció a estudiar porque “queda muy lejos”. La ciudad que nos enseña a perder tiempo nos está enseñando, sin decirlo, a vivir menos para poder vivir aquí.

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Quizá ha llegado el momento de cambiar la pregunta. No cuánto aguantamos, sino cuánto deberíamos aguantar. No cómo nos adaptamos, sino por qué tenemos que hacerlo. La verdadera resiliencia urbana no se mide por la paciencia de sus ciudadanos, sino por la inteligencia de sus decisiones. Y esa inteligencia no puede seguir ausente mientras el reloj de nuestra vida avanza al ritmo de un trancón.

Montería merece más que sobrevivientes de su propia movilidad: necesita ciudadanos que lleguen a tiempo, que caminen con sombra y que no gasten su existencia en trayectos, porque una ciudad que crece alejándose de su gente no está creciendo, sino que pierde sus habitantes, una hora a la vez.

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