El verdadero poder no siempre está donde creemos
Por: Fabián Lora Méndez
Durante mucho tiempo hemos asociado el poder con un cargo, una oficina, un micrófono o una elección ganada. Creemos que quien ocupa una posición importante es, necesariamente, quien tiene mayor capacidad para influir sobre lo que ocurre a su alrededor.
Pero no siempre es así. Hay personas que nunca han ocupado un cargo público y, sin embargo, son capaces de movilizar comunidades enteras. Líderes sociales que conocen de primera mano las necesidades de sus barrios. Empresarios que generan empleo y transforman territorios. Dirigentes comunitarios que resuelven problemas que muchas veces no aparecen en los discursos oficiales.
Y están, sobre todo, los ciudadanos. Ese poder silencioso suele pasar inadvertido porque no necesita una tarima para existir. Una comunidad organizada puede conseguir lo que durante años no consiguió una oficina. Un líder respetado puede tener más capacidad de convocatoria que alguien con un cargo y un presupuesto. Y una persona que ha construido confianza durante años puede influir más en una decisión colectiva que quien aparece durante unos meses buscando votos.
El error está en confundir autoridad con liderazgo. La autoridad puede venir de un nombramiento. El liderazgo, en cambio, se construye.
Por eso algunos dirigentes tienen un cargo, pero no tienen influencia; mientras otros, sin ocupar ninguna posición formal, son escuchados cuando hablan.
La diferencia está en algo que no se puede decretar: la confianza. El poder institucional puede permitir tomar decisiones, administrar recursos o representar oficialmente a una comunidad. Pero el poder ciudadano tiene otra característica: puede retirar el respaldo.
Y cuando una sociedad comienza a desconfiar de sus dirigentes, ningún cargo garantiza que estos sigan teniendo verdadera influencia. Por eso sería un error mirar la política solamente desde los despachos.
El poder también está en la calle, en los barrios, en las organizaciones, en las empresas, en las asociaciones y en cada ciudadano que decide participar, cuestionar o simplemente dejar de respaldar aquello con lo que no está de acuerdo.
Posiblemente el verdadero poder no consista en tener un cargo. Quizás consista en tener la capacidad de ser escuchado incluso cuando no se tiene ninguno.
Y esa es una realidad que quienes ejercen el poder institucional nunca deberían olvidar.