Opinión

Los muros que sueñan: la otra galería de Montería

Por : Efraín Hernández

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Hay una pared en el antiguo barrio Pueblo Pescado, que lleva meses guardando la silueta de un pescador suspendido entre las nubes, como si el río Sinú cansado de buscar el mar hubiese decidido remontar el cielo; hasta hoy, nadie ha explicado ese mural y quizás tampoco sea necesario, porque hay imágenes que hablan desde el murmullo de lo indecible. Ese hombre no lanza la red para capturar peces; la extiende hacia el horizonte invisible, persiguiendo la esperanza de una existencia distinta, como quien intenta atrapar el porvenir antes de que el viento lo arrastre, y que no siempre las redes se tejen para llenar una canoa, sino para rescatar los sueños que la realidad deja a la deriva.

Montería no es Bogotá ni Medellín, y esa diferencia “que debería ser su mayor riqueza” se convierte en su principal obstáculo para ser incluida en los circuitos culturales nacionales; de modo que, su escena de grafiti y muralismo vibrante pero local, rara vez aparece en los catálogos o itinerarios que recorren el país, no obstante, existe y crece con la paciencia de las ciudades que todavía construyen su propia voz. Esas expresiones urbanas habitan los puentes peatonales, las culatas de las casas en barrios como El Dorado, La Granja o Mocarí, y los muros grises que acompañan la ronda del río Sinú. Allí, donde antes solo había concreto desnudo, comienzan a aparecer colores, rostros y símbolos que no buscan decorar la ciudad, sino contarla desde quienes la viven; pero, lo que se repite en esas paredes, una y otra vez, no es protesta política ni publicidad disfrazada de arte, es algo más íntimo: manos que dibujan el futuro que les han negado desde el silencio cómplice. De ahí que, pintan escuelas que no existen, ríos más limpios de lo que son, niños jugando en calles sin motos y en últimas, con sus puños edifican y forjan, la Montería que imaginan cuando cierran los ojos.

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Uno de esos artistas, que solo permite que las páginas de cemento pronuncien su nombre, hablaba una tarde de sol en la plaza María Varilla como si conversara con la ciudad misma. Cada palabra parecía desprenderse del ladrillo y el viento mensajero discreto, iba llevándolas hasta las paredes donde más tarde volverían convertidas en pintura. El narraba, que empezó a bordar la ciudad después de que un tío suyo emigrara a buscar trabajo, debido a que no sabía cómo procesar esa ausencia, por eso, un día agarró un aerosol prestado y pintó un avión de papel saliendo de una ventana “sin saber si eso era arte”, ¡exclamó! “pero era lo único que se me ocurría hacer con lo que sentía”. Hay una verdad soterrada detrás de cada mural: la técnica se aprende, pero la necesidad de crear nace mucho antes. Antes del trazo está el temblor y antes del color, una emoción buscando salida; al punto que, cada muro termina siendo el lugar donde el alma deja de esconderse para hacerse visible a los ojos de los demás.

Y ese “que otros lo vean” importa más de lo que parece, considerando que, un sueño escrito en un diario se queda ahí, guardado; mientras que, un sueño pintado en una pared de dos metros por tres en una esquina de mucho tránsito se vuelve público, dejando de ser solo del que lo pintó. Los vecinos empiezan a usarlo como punto de referencia, los niños lo señalan camino a la escuela y alguien se toma una foto con él el día de su cumpleaños; al extremo que, el mural pasa a formar parte de la memoria del barrio, aunque nadie se ponga de acuerdo sobre qué significa exactamente.

Esto no quiere decir que todo sea idílico, hay artistas a los que la Policía les ha borrado el trabajo sin previo aviso, dueños de casas que ven el grafiti como vandalismo, aunque lo hayan autorizado los vecinos, y una falta casi total de recursos para materiales, que obliga a muchos a pintar con lo que consiguen fiado. La institucionalidad local ha hecho gestos, algunos festivales, algún convenio con colectivos, pero sigue tratando el arte urbano como algo decorativo, útil para una foto en redes sociales, y no como lo que realmente es: un termómetro de lo que la gente joven de esta ciudad está pensando y sintiendo.

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Vale la pena detener la mirada. En una ciudad donde muchos jóvenes apenas encuentran espacios para nombrar sus frustraciones, sus esperanzas o la simple libertad de imaginar, cada mural termina convirtiéndose en una página de un diario colectivo escrita a cielo abierto. Basta caminar por Montería con los ojos un poco más despiertos, levantar la vista hacia las culatas, los puentes y los muros que el tiempo había condenado al anonimato, para descubrir que allí, entre el sol que agrieta el cemento y el rumor incesante de las motocicletas, alguien continúa creyendo que los sueños también pueden dejarse secar sobre una pared. Y que, a veces, un aerosol es suficiente para recordarle a una ciudad que todavía existen quienes se atreven a imaginarla de otro color.

La próxima vez que pase por esa pared del pescador suspendido en el cielo, pienso detenerme un rato más, no para descifrarla del todo; será solo, para dejar que el sueño de otro se me pegue un poco, como pasa siempre con el buen arte urbano: sin que uno se dé cuenta de en qué momento empezó a mirar con otros ojos su propia ciudad.

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