Opinión

No cesará la horrible noche

Por : Elvis A. Guerra H.

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Nuestro país, como en muchas cosas aplicando el folclor, se ha autootorgado el segundo lugar del himno más bello del mundo. La realidad es que no existe tal condición, tampoco quien la haya otorgado; ello no quita que para nosotros no sea el segundo, ha de ser el primero, nuestra colombianidad así lo exige.

“Cesó la horrible noche”, dice una de sus hermosas frases, que también es utilizada para hacer un símil cuando termina algo horrible, terrible o abominable. Esta fue la frase que usaron los futbolistas Yerry Mina y Juan Guillermo Cuadrado, haciendo alusión a la culminación del gobierno saliente y recibidos por el hoy electo Abelardo. Lo cierto del caso es que es verdaderamente posible que para ellos dos haya cesado, y no el 21 de junio. En el caso de Juan Guillermo, aquella noche cesó cuando pudo superar la dura realidad de la cruel violencia en la que creció, por la que, irónicamente, murió su padre en una zona marcada por un terror y una crueldad incesantes, vigentes hasta el día de hoy; cuando, gracias a su destacado progreso deportivo, fue fichado por un equipo profesional, logro que hizo que su madre, de una vez por todas, cesara los trabajos en las bananeras, único medio de sustento para ella en ese momento.

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Su entrañable amigo Yerry tampoco es ajeno a esas vivencias y carencias de “Cuadradito”. Mina nació en Guachené, municipio del Cauca; no nació ni en clínica ni en hospital (no porque no los hubiera), nació en su propia casa, símbolo de tradición de los pueblos del Cauca. Vivió rodeado de un exagerado amor, mismo que superaba sus faltantes materiales. Para él, también un día cualquiera cesó la horrible noche: su gran talento, velocidad y altura hicieron que eso pasara. Ambos se han podido pasear por el mundo gracias a su talento convertido en trabajo. Estas historias rompen con aquella vieja tesis de que un diploma te garantiza el éxito profesional. Para ellos, los dueños de las EPS y algún otro tanto, cesó la horrible noche.

Pero habría que recordarles a nuestras dos grandes figuras que las noches horribles para gran parte de la sociedad no cesarán. En Urabá continúa el dominio de los grupos armados, la deserción escolar alcanza altos porcentajes y sigue siendo una zona con pocas oportunidades. Ni qué decir del Cauca, sitiado por el narcotráfico y las bandas criminales; mis queridos compatriotas, siguen siendo horribles las noches en sus tierras. Últimamente hay una conducta extraña en los “nuevos ricos”, aclarando que no está mal serlo, ya nos lo había dicho nuestro gran Pambelé: “es mejor ser rico que pobre”. El problema es cuando logran saltar el muro de las carencias y el acto seguido es asumir comportamientos alejados de toda empatía por una población, grupo o sector al que un día se perteneció. Dicho sea de paso, aplica para futbolistas, políticos, artistas, el gremio en general y quien se gane la lotería.

Cometen el absurdo horror de confundir calidad de vida con estrato, y humildad con sumisión o debilidad (y a veces hasta con formas de vestir). Mejorar la calidad de vida es el producto de tu esfuerzo y gratificante es poder disfrutar de ello; las clases sociales no tienen nada que ver con la acumulación de dinero en tu cuenta. En ocasiones, ser un tipo básico permite disfrutar de las vainas más sencillas de la vida.

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No insistan en pertenecer adonde no van a ser aceptados. Por muy disfrazados con Ferragamo, Rolex y carros de altísima gama, hay un problema y es de “clase” (es lo que dicen ellos); esa no se adquiere en barrios de la periferia, si no, que lo diga el personaje de Juanpis González Pombo. Esto es producto de herencia, abolengo, dinastía, glamur; pasa incluso por la fisonomía y, como último, por supuesto, por las tenencias materiales, que es donde radica la confusión. ¿De verdad creen que cesó la horrible noche solo porque ganó el candidato que apoyaron?

Las horribles noches de nuestro país cesarán cuando podamos aceptar que con nuestras diferencias podemos construir; cuando la salud no sea un negocio de pocos; cuando la justicia sea igual para todos; cuando las empresas públicas no repartan las pérdidas; cuando el ejercicio de la corrupción no se le adjudique solo a la función pública; cuando las madres no entierren a sus hijos por tener que ir a tirar bala porque es el único medio de sustento; cuando nuestros ancianos no trabajen ni mendiguen. Y es que qué difícil se ha convertido pensar de manera social y colectiva cuando se han superado las carencias. Visiten sus territorios y entenderán a qué me refiero. Ni siquiera la camiseta que ustedes portan para representarnos pudo lograr unirnos; antes, por el contrario, fue símbolo de identificación política. No, mis queridos compatriotas, las noches horribles no han cesado y no existe asomo de que suceda, porque los problemas que atraviesa este país no nacieron hace cuatro años, no pertenecen a un presidente en específico: nacimos con ellos y los hemos arrastrado por generaciones.

Seguramente las noches de ustedes en los países donde juegan no son horribles, pero las de Colombia siguen siendo exactamente las mismas. Qué bonito hubiera sido que en su llamada hubiesen dicho que “comprendían las palabras del que murió en la cruz” (sobre todo Cuadrado, que expone versículos); que contaran que a “orillas de sus pueblos, un pueblo lucha horrores prefiriendo salud” —estrofas también de nuestro bello himno—. Necesitamos más paz, más amor, exagerada empatía y un desborde desmedido de solidaridad para que cesen las horribles noches para todos.

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