Opinión

El cielo que se cuela por el techo del Mercado

Por: Efraín Hernández

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Don Eliécer no levanta la vista por accidente, lo hace todos los días después del almuerzo cuando el calor lo obliga a parar de lijar y el polvo del aserrín todavía flota despacio entre los rayos de luz. Por un instante, mira hacia el boquete que dejó el techo cuando se vino abajo, y dice sin ironía y con la calma de quien ya hizo las paces con su ruina: “que desde ahí adentro, se ve bonito el cielo de las dos de la tarde”. No exagera, el azul entra limpio, sin filtro de lámina ni sombra de teja y por un segundo el taller de muebles (rodeado de barniz y sillas a medio terminar), se convierte en una especie de capilla a cielo abierto en pleno centro de Montería; nadie pidió ese efecto ni lo diseñó, sin embargo ahí está, gratuito cada tarde, mientras la ciudad discute qué hacer con él.

Este lugar tiene nombre oficial y nombre de calle, connotaciones que rara vez coinciden. En los documentos oficiales corresponde al “Mercado de los Cuatro Patios” (un proyecto de 231 locales repartidos en zonas de frutas, verduras, artesanías, cárnicos y una novedosa área gastronómica pensada para el turismo); mientras que, en la calle sigue siendo el Mercado de la 35, el de toda la vida, ubicado en la Avenida Primera entre calles 35 y 36 donde más de doscientos comerciantes resisten desde hace años a una estructura que el fuego ya marcó y que el viento sigue desbaratando poco a poco y teja por teja. Cabe destacar que, actualmente este lugar es “el único lunar urbanístico que queda por resolver en el centro de la ciudad”. De allí que, el uso del término “lunar” parece solo para una frase expuesta cuando se concibe el mercado como “una mancha que hay que remover a bisturí para que la piel de la ciudad quede tersa, sin arrugas de historia y sin manchas de haber sido vivida”; sin embargo, ahí debajo, entre las colmenas donde se vende de todo y se repara lo que ya nadie quiere reparar, el lenguaje no es el de los planos ni el de las cifras: es el de don Eliécer y su mirada intima al cielo bonito de las dos de la tarde.

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Hay algo que duele y maravilla a la vez, el hecho de que un lugar sea en la misma grieta condena de los cálculos y latido de los vivos, porque eso es el Mercado de la 35, evidentemente un esqueleto de hormigón que ningún ingeniero firmaría y a la vez, un cuerpo que respira y un espacio donde se puede vender, remendar, labrar la madera, encender fogones y repartir el pan como si el tiempo no pasara, con una obstinación de raíz que ningún plano supo trazar y ninguna norma supo prever. Por otra parte, ese boquete en el techo no es solo una falla de mantenimiento, es, sin que nadie lo planeara, una instalación lumínica involuntaria, un tragaluz hecho por el abandono en lugar de por un arquitecto, porque hay un tipo de arte que solo el deterioro puede producir, aquel que figura como una sombra que cambia de forma cada hora porque la estructura ya no es estable y el azul recortado, luce como contorno geométrico que ningún render podría replicar a propósito; de modo que, la ruina antes de ser remplazada, tiene su propia estética, tan real como cualquier obra terminada.

Y junto a esa estética conviven los oficios que sobreviven ahí casi en secreto, en un rincón, aquel espacio entrañable que el plano nuevo probablemente no va a reservar para ellos; ante lo cual, la pregunta no es si el mercado será mejor o peor, probablemente será más seguro, más limpio, más rentable. A pesar de ello, su diseño no contempla lo que se pierde cuando un espacio se ordena sin saber si el oficio sobrevive sin el desorden que lo hizo posible y si la sociabilidad de patios compartidos resiste cuando cada local tenga su casillero asignado; entendiendo asi, que el desorden no era caos, sino el mapa tácito donde cada oficio halló su sitio sin que nadie lo trazara, era el roce del hombro, el préstamo de la herramienta y el asombro de que el otro sepa lo que uno ignora. El orden promete eficiencia, pero la eficiencia no reconoce el milagro de que un ventilador vuelva a girar gracias a la memoria de un dedo que conoce sus piezas como el pastor a sus ovejas.

Hoy se espera que, cuando cada oficio quede en su cuadrado perfecto, quizá el mercado funcione como un reloj; pero los relojes no sudan, no improvisan, no se pasan el café de una banca a otra mientras la madera aún huele a serrín fresco. Sin olvidar que lo que se pierde, no cabe en ningún estudio de viabilidad, ya que el rumor de lo imprevisto, el género de pertenencia, esa forma de ciudad que teje sus leyes en el revés del plano, donde nadie mira, realmente no se decreta; de manera que, cuando el nuevo Mercado de los Cuatro Patios esté listo, con su techo intacto y su diseño armonioso, valdrá la pena preguntar si alguien va a extrañar ese pedazo de cielo que entraba sin pedir permiso.

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La modernización no es el enemigo de esta historia, pero toda renovación debería hacerse al menos una vez, la pregunta incómoda: ¿ qué grietas, vale la pena dejar respirar?

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