Opinión

Estamos Perdiendo Todos

Por : Elvis A Guerra H

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Culmina la jornada electoral, como cada cuatro años, de la que se derivan varias conclusiones. La primera de ellas es el reconocimiento a la Registraduría Nacional por la organización y, sobre todo, por la rapidez y fluidez de los resultados, tal y como lo manifestó uno de los más grandes empresarios del país, el excelentísimo Dr. Luis Carlos Sarmiento Angulo; no se presentaron hechos violentos que mancharan una jornada tan importante. Otra conclusión no menos importante es que fallaron de manera rotunda todas las encuestadoras en sus pronósticos. Y la tercera y más trascendental de todas las únicas dos alternativas para elegir al presidente del “país del sagrado corazón”.

Una vez informados los escrutinios, el país, expectante como es apenas lógico, esperaba con ansias el pronunciamiento de ambos candidatos que, como ya sabemos, ocupan trincheras profundamente opuestas; hecho que tiene al país justamente en una polarización sin precedentes en la historia. Y es que, en más de 100 años de vida republicana que tiene este país, los colombianos no habíamos sido convidados a un espectáculo de estos, ninguno de los dos candidatos que pasaron a la disputa final pudo estar a la altura del cargo al que ostentan.

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Ya lo había dicho el periodista Juan Gossaín en su última entrevista sobre la peligrosidad de los extremos y el encierro de discusiones que no conducen a nada. Durante toda la campaña, los candidatos más opcionados, por cuenta de emborracharse de aplausos, dejaron a un lado la exposición de ideas para internarse de lleno en el lodazal en que se ha convertido el ejercicio de la política en este país.

Entonces pasamos de escoger un programa de gobierno que esté acorde a las grandes fallas históricas y que represente las necesidades de todos los municipios y departamentos del país, a escuchar de cada candidato todo tipo de adjetivos calificativos y acusaciones que, por supuesto, conducen sin una sola duda a la degradación ética y moral de cada uno. Y es que no están buscando cautivar votos: están empeñados en demostrar quién es capaz de vencer al otro usando todo tipo de ofensas, calumnias y exponiendo incluso a familiares. De verdad que es un espectáculo vergonzoso y reprochable.

Pero más preocupante aún es que la sociedad también nos hayamos dejado arrastrar en el fango de las prácticas que no guardan relación con la democracia. Aquí pareciera que todo salió mal: así como falló la “paz total”, también hizo lo propio la “paz electoral”, por cuenta del vocabulario desmedido y expresiones desproporcionadas en medios y plazas. Todo esto con la amplificación de medios que perdieron todo tipo de objetividad, actuando como empresas y no como medios de comunicación, olvidando por completo que informar correctamente sobre la verdad es el periodismo real y puro.

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Desde el domingo, por todas las redes, plataformas y medios, estamos atiborrados no de las noticias alrededor de la discusión de propuestas en materia educativa, económica, ambiental, de seguridad o en salud, sino en qué dijo un candidato del otro para tratar de enlodarlo. Claro, es que la radicalización de las filosofías de cada candidato no hizo posible un solo debate; paradójicamente, asistieron quienes menos intención de voto tenían y a quienes bautizaron de tibios por No irse a una de las trincheras existentes.

Y todo esto claro que , como seres humanos, estamos expuestos a que nos muevan las emociones, lo hicieron muy bien. Hoy por hoy, entre amigos, grupos y familias ya hay fisuras por cuenta de por quién y por qué se vota. Por alguna razón de modo, tiempo, lugar y sociedades, el modelo de hacer política y conseguir los votos ha cambiado de manera drástica, dejando de lado de forma categórica el criterio, la razón y la dignidad. Ya no pudimos conocer qué tipos de soluciones habría para cada sector; el tiempo lo ocuparon ellos y nosotros en ofender a nuestros contrincantes, a quienes hoy por hoy algunos reconocen públicamente como enemigos sin razón alguna distinta a pensar diferente.

Hemos llegado al límite de poner en medio de este lodazal una camiseta que, antes de todo esto, sí representaba la unión. La educación y los valores están por el suelo: el acto de despedida de la selección sirvió para que varios de los jugadores expusieran públicamente su antipatía, demostrando con ello que ya ni siquiera la edad importa ante una joven como Antonella, cuyo único “crimen” es ser hija de Gustavo Petro. En ese orden de ideas, por todo lo anterior, estamos perdiendo todos.

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