Opinión

Colombia necesita menos extremos y más sentido común

Por : Mario Pretelt P

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En Colombia se ha vuelto cada vez más difícil hablar de política sin que la conversación termine convertida en una batalla emocional. Hoy pareciera que el país estuviera obligado a escoger entre dos extremos irreconciliables, como si pensar distinto automáticamente convirtiera al otro en enemigo. Mientras tanto, en medio de esa polarización permanente, los problemas reales siguen creciendo: la inseguridad aumenta, el desempleo golpea a miles de familias, la corrupción continúa debilitando las instituciones y millones de colombianos siguen sintiendo el abandono del Estado.

La política colombiana se ha llenado de discursos radicales, pero el país necesita algo mucho más útil: sentido común.

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Colombia no necesita destruir la empresa privada ni convertir el desarrollo económico en un enemigo. La inversión, el emprendimiento y la generación de empleo son fundamentales para cualquier nación que quiera avanzar. Pero tampoco puede ignorarse que existen enormes desigualdades sociales y regiones enteras donde las oportunidades siguen siendo un privilegio. El crecimiento económico solo tiene verdadero valor cuando logra traducirse en bienestar para las personas.

Resulta imposible hablar de progreso mientras todavía existan niños estudiando en escuelas deterioradas, familias sin acceso digno a salud o comunidades completas sobreviviendo sin servicios básicos. El desarrollo no puede medirse únicamente en cifras macroeconómicas; también debe reflejarse en la calidad de vida de quienes históricamente han sido excluidos.

Otro de los grandes desafíos del país es la fragilidad institucional. Muchos colombianos han perdido la confianza en el Estado porque sienten que la justicia no funciona igual para todos y que la corrupción termina frenando cualquier intento de transformación. En Colombia no basta con cambiar gobiernos; también es necesario fortalecer las instituciones, profesionalizar lo público y garantizar transparencia. Sin reglas claras ni confianza ciudadana, cualquier proyecto político termina debilitándose.

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A esto se suma una deuda histórica con las regiones. Mientras algunas ciudades logran avanzar, muchos municipios continúan atrapados entre la pobreza, la falta de vías, el desempleo y la ausencia estatal. El campo colombiano sigue esperando inversión, apoyo y oportunidades reales para los campesinos. No puede existir un proyecto serio de nación mientras buena parte del territorio permanezca olvidado.

La seguridad también exige una mirada equilibrada. El país necesita autoridad, presencia institucional y lucha frontal contra el crimen, pero al mismo tiempo debe garantizar derechos humanos y alternativas para las comunidades más golpeadas por la violencia. La paz no se construye únicamente con discursos ni con firmas sobre un papel; se construye llevando educación, empleo, inversión y oportunidades a los territorios donde durante décadas solo han existido el miedo y el abandono.

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Al final, Colombia necesita recuperar algo que parece haberse perdido en medio del ruido político: la capacidad de encontrar puntos de equilibrio. Los países más estables no son aquellos que se entregaron a los extremos, sino los que entendieron que el crecimiento económico y la justicia social no son enemigos, sino complementos necesarios.

Más que seguir alimentando divisiones ideológicas, el país debería concentrarse en construir una nación donde las oportunidades no dependan del lugar donde se nace, del apellido que se tiene o de la clase social a la que se pertenece. Porque Colombia no necesita más fanatismos. Necesita más responsabilidad, más sensatez y, sobre todo, más país.

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