Opinión

La ciudad que levantó progreso donde antes había abandono

Por : Efraín Hernández

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El puesto de periódicos de doña Carmen lleva treinta y ocho años en la misma esquina del barrio La Granja, a tres cuadras de lo que algún día fue el único colegio del sector. Ella, desde el saber silencioso que nace de vivir y la esencia que habita en sí misma, aprendió a leer la ciudad mejor que cualquier urbanista y frente al peso dulce de la memoria expresa: “antes la gente llegaba a comprar el diario y se quedaba conversando; ahora los que quedan son viejos como yo, y los jóvenes que veo pasar van de prisa con los pasos entregados al azar, como si aquí no hubiera nada que los convoque”. No hay amargura en su voz, solo la serenidad desnuda de quien ha aprendido a nombrar lo que observa sin que nadie lo llame diagnóstico.

Lo que describe doña Carmen no es nostalgia, es urbanismo, la realidad que emerge de la consecuencia material de décadas de decisiones que prometían mejorar la vida de los barrios y terminaron vaciándolos de alma mientras llenaban sus calles de infraestructura. En el contexto actual, Montería, como tantas ciudades latinoamericanas que aprendieron a imitar el desarrollo sin entenderlo, construyó ciclovías donde había tiendas de esquina, instaló luminarias de diseño donde crecían árboles con historia y pavimentó andenes que antes eran territorio de conversación; el resultado, una ciudad más eficiente para circular, pero más inhóspita para existir.

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El problema no está en el progreso, habita en a quienes le habla ese progreso y desde qué lenguaje lo hacen, porque cuando un distrito de renovación urbana llega a un barrio popular rara vez hace preguntas, solo se acercan a mostrar renders; asimismo, proponen contribuir con soluciones ya empaquetadas que fueron diseñadas en oficinas con vistas panorámicas por personas que probablemente nunca han tomado el bus que atraviesa La Granja a las seis de la tarde. En correspondencia con aquello que acontece, el vecindario asume el proyecto como se recibe un diagnóstico médico sin haberle contado los síntomas al doctor, simplemente con la incomodidad de quien sospecha que lo que le están tratando no es exactamente lo que le duele.

Esto no es una grieta reciente ni una herida local, el fenómeno de la gentrificación ha llegado a nuestras ciudades trayendo consigo una serie de cambios que están transformando la fisonomía de nuestros barrios; aunque el término pueda ser relativamente nuevo, sus efectos son bien conocidos y se hacen evidentes en el aumento del arriendo que obliga a los residentes a buscar nuevas opciones, la llegada de negocios de élite que desplazan a las tradicionales tiendas y graneros, y la pérdida de la identidad y el carácter de los lugares que llamamos propios. En efecto, cada uno de esos cambios puede defenderse por separado con argumentos razonables, pero sumados, cuentan una historia de desplazamiento silencioso que no aparece en ninguna estadística de desempleo, pese a ello, se siente con exactitud en el puesto de doña Carmen cuando pasan horas sin que nadie se detenga a conversar.

El economista urbano podría argumentar que los mercados responden a incentivos y que el cambio en el barrio se debió a una modificación en la demanda; por otro lado, el arquitecto podría señalar que la intervención mejoró los indicadores de espacio público por habitante. De forma paralela, el funcionario podría mostrar imágenes del antes y el después; sin embargo, cada uno de ellos estaría hablando desde su propia perspectiva sin tener en cuenta lo que realmente importa para doña Carmen, solo porque lo que ella perdió no se puede medir con indicadores que dan cuenta del tejido social, la comunidad y el reconocimiento mutuo entre personas que comparten un espacio en la ciudad y conocen los nombres de los hijos de sus vecinos.

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Las ciudades que han entendido esto no han renunciado al desarrollo, pero han aprendido a construirlo con la memoria viva como es el caso del urbanismo social de Medellín y  los proyectos de renovación que preservan a los habitantes originales en algunas comunidades en Ciudad de México, lo cual es prueba de que se puede crecer sin borrar.

El verdadero desafío para Montería no es detener el crecimiento de la ciudad, sino cumplir con protocolos de participación ciudadana que reconozcan los residentes como doña Carmen, aquellos que poseen conocimientos valiosos que no se encuentran en ninguna base de datos; de modo que, es hora de aprender de ellos antes de transformar su entorno. Doña Carmen seguirá allí, al menos por ahora, fiel a la esquina donde dejó 38 años de presencia y tiempo; pero algo alrededor ya se ha desplazado: hoy la ciudad continúa, aunque ya no la mira como antes. Ella lo sabe, hay pérdidas que no consisten en desaparecer, sino en dejar de ser reconocidos. Ningún informe las registra, ningún indicador las reclama y quizá por eso mismo son las más profundas, porque comienzan cuando una ciudad olvida el rostro de quienes la hicieron habitable.

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