Opinión

La polarización en Colombia está destruyendo el tejido social al convertir al vecino o ciudadano en un “adversario irreconciliable”

Por : Angie Paola Fabra Chadid

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La polarización política en nuestro país, ha dejado de ser una simple manifestación de
pluralismo para convertirse en un fenómeno que quebranta los cimientos del Estado social
de derecho. Lo que en principio debería ser una expresión legítima de la diversidad
ideológica, hoy se ha convertido en una fractura del tejido social y en una clara y evidente
imposibilidad para mantener un diálogo democrático constructivo.

En una sociedad constitucional como la nuestra, el desacuerdo no solo debería ser natural,
sino necesario. La deliberación entre posturas divergentes permite la construcción de
consensos y fortalece la legitimidad de las decisiones públicas. Sin embargo, en el contexto
actual, discrepar parece haberse transformado en una forma de confrontación personal,
donde el adversario político deja de ser un interlocutor válido para convertirse en un
enemigo al que hay que deslegitimar.

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Cuando el lenguaje político se degrada y se reduce a la descalificación, se empobrece la
democracia. Las ideas son reemplazadas por etiquetas, y los argumentos por prejuicios. En
ese escenario, conceptos fundamentales como el respeto, la tolerancia y el reconocimiento
del otro, PIERDEN RELEVANCIA.

A lo anterior, habría que sumarle el impacto que vienen dejando las redes sociales, que en
lugar de promover espacios de dialogo, muchas veces se convierten en puentes hacia la
división erosionando el dialogo constructivo, y separando posturas. En estos espacios, los
ciudadanos se exponen a contenidos que confirman sus propias creencias ideologías y
formas de pensar, lo que acrecienta la radicalización y reduce la posibilidad de comprender
perspectivas diferentes Una democracia sin diálogo es una democracia debilitada Colombia necesita recuperar el
valor del desacuerdo respetuoso. Reconocer que pensar distinto no es una amenaza, sino
una condición esencial de la vida democrática. Superar la polarización no implica eliminar
las diferencias, sino aprender a gestionarlas dentro de un marco de respeto, racionalidad y
compromiso con el bien común.

En un país marcado por profundos fraccionamientos históricos, La verdadera fortaleza
democrática no radica en imponer una visión sobre otra, sino en la capacidad de construir,
incluso desde la diferencia.

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