Hay una frontera que antes parecía clara: la que separaba lo público de lo privado,
lo correcto de lo conveniente, lo ético de lo útil. Hoy, esa línea se ha vuelto borrosa.
Y en esa confusión, la ética que debería ser un principio empieza a tratarse como
una opción.
Asistimos a una época donde lo privado se expone sin filtros y lo público se gestiona
sin límites claros. Las redes sociales han convertido la intimidad en espectáculo,
mientras que, en la vida pública, decisiones que deberían regirse por el interés
general parecen responder cada vez más a intereses particulares.
El problema no es solo que ocurran errores o faltas. Eso siempre ha existido. Lo
verdaderamente preocupante es la justificación constante. Hoy no basta con actuar
mal: se construyen discursos para explicar por qué “no era tan grave”, por qué “todos
lo hacen” o por qué “era necesario”. Y así, poco a poco, lo inaceptable empieza a
parecer normal.
En la esfera pública, la ética debería ser innegociable. Quien asume una
responsabilidad frente a los ciudadanos no solo administra recursos o toma
decisiones: representa valores, construye confianza y marca límites. Pero cuando
esa ética se flexibiliza, cuando se acomoda según la conveniencia del momento, el
mensaje que recibe la sociedad es claro: todo depende de la circunstancia.
En la vida privada ocurre algo similar. La coherencia entre lo que decimos y lo que
hacemos parece perder importancia. Se exige integridad hacia afuera, pero se
relativiza hacia adentro. Y en esa doble moral, la ética deja de ser un principio
universal para convertirse en una herramienta selectiva.
La consecuencia es profunda: una sociedad que ya no sabe con certeza qué está
bien y qué está mal. Donde las reglas cambian según quién las interprete, y donde
la indignación es efímera, sustituida rápidamente por la indiferencia.
Pero la ética no puede ser un lujo ni una postura ocasional. Es el fundamento de la
convivencia. Sin ella, las instituciones se debilitan, las relaciones se fracturan y la
confianza, ese bien invisible pero esencial se desvanece.
Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea tecnológico, ni económico, ni
siquiera político. Tal vez sea moral. Recuperar la claridad en medio de la
ambigüedad. Volver a llamar las cosas por su nombre.
Entender que no todo lo legal es correcto, y que no todo lo conveniente es justo.
Porque cuando la ética se vuelve opcional, lo que está en juego no es solo la
conducta individual, sino el rumbo de toda una sociedad.