Opinión

Montería no es pobre. Está desordenada.

Por: Fredy Sánchez

Nos acostumbramos a decir que Montería es una ciudad con problemas… y ahí nos quedamos. Pero la verdad es otra: Montería no es pobre. Montería está desordenada. Y ese desorden no es casualidad. Es el resultado de años de falta de planeación, de decisiones equivocadas y de una realidad que hay que decir sin rodeos: aquí no se ha gobernado para ordenar, se ha gobernado para administrar el caos.

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Hoy, después de las inundaciones que dejaron a cientos de familias sin nada, es fácil buscar culpables. Decir que los constructores, los desarrolladores o incluso las familias que compraron o autoconstruyeron su vivienda en sectores como la comuna 1, la comuna 2, Villa Petro, Altos de Canaán, Aurora del Sinú o el humedal Berlín son responsables, es una hipocresía y un análisis flojo. Porque si ese fuera el criterio, entonces también tendríamos que culpar a toda la ciudad por haber permitido barrios como Cantaclaro, que nació como invasión; Rancho Grande, que surgió después de una inundación; o sectores como El Dorado, Camilo Torres, El Bosque o el 20 de Julio. Lugares que existen porque la gente resolvió por su cuenta algo que el Estado nunca garantizó: un techo digno. Aquí el problema no es la gente. El problema es que el Estado no llegó.

Antes de las inundaciones ya se sabía todo: cuáles eran los barrios en riesgo, qué obras hacían falta, cuántas viviendas se necesitaban. Montería tiene un déficit de 65.000 viviendas: más de 23.000 familias sin casa propia y cerca de 42.000 hogares en condiciones precarias. Y aun así, no se hizo lo que se tenía que hacer. Por el contrario, se profundizó el desorden. Se aprobó un POT mal planeado, que habilitó zonas de riesgo y humedales. Se pavimentó sin drenajes. Se priorizó la capa de cemento sobre el alcantarillado pluvial que hoy necesitamos desesperadamente.

Montería no es pobre

Y mientras tanto, se han gastado miles de millones en proyectos que hoy no funcionan o que simplemente no eran estrictamente necesarios para la ciudad en este momento. Proyectos que se podían escoger, mientras lo urgente seguía esperando. Ahí están ejemplos como las ZER, Businú, la Universidad del Sur, la estación de policía de la margen izquierda o el llamado “Parque Botánico Las Lagunas”, que solo en ese caso supera los 50 mil millones de pesos, entre muchos otros que todos en Montería ya conocen. Eso tiene nombre: mala priorización.

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Pero el problema va más allá de las obras. Es el sistema. Montería funciona hoy así: crece sin planeación, expulsa a la gente del sistema formal, obliga a la informalidad y después castiga a quienes sobreviven en ella. Por eso hoy cerca del 70% de la población vive por fuera del sistema económico formal, rebuscándose la vida en una ciudad que no les ofrece estructura ni oportunidades. Una ciudad donde el suelo está desordenado, la economía mal organizada y el Estado local ha sido débil. Montería creció sin control y hoy estamos pagando las consecuencias.

Y en medio de ese desorden, además, dependemos de un Gobierno Nacional que decide la mayoría de los recursos. Es decir, ni siquiera tenemos plena capacidad de corregir el rumbo por nosotros mismos. Por eso hay que decir lo incómodo, pero necesario: el problema de Montería no es lo que pasa, es que nadie ha querido ponerle orden. Porque ordenar Montería no es un reto técnico, es una decisión política. Ordenar Montería implica tomar decisiones que nadie ha querido tomar, como hacer primero lo que se tiene que hacer y después lo que se puede escoger: el drenaje antes que el aplauso, la vivienda antes que la foto, el orden territorial antes que el negocio.

Hoy estamos en un punto de quiebre. Así como hace 20 o 30 años se tomaron decisiones que hoy tienen a familias en la calle o sobreviviendo sin oportunidades, hoy tenemos que decidir si seguimos administrando el caos o si empezamos a resolver lo que realmente importa. Porque esto no es solo sobre nosotros, es sobre que nuestros hijos y nuestros nietos no tengan que vivir lo mismo. Montería no puede seguir así. Montería tiene que ordenarse. Y esa decisión —por primera vez— no se puede seguir aplazando.

 

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